Por: Andrés Hoyos

Empresarios

Pocas categorías sociales despiertan mayores pasiones que los empresarios.

Mientras para el Partido Republicano gringo encarnan a los enviados casi infalibles de Dios, para la vieja izquierda maximalista son la escoria del mundo. Según los de este extremo, la única solución consiste en exportarlos en masa a Miami, como lo hizo Cuba e intentaron hacerlo luego, con menor éxito, Nicaragua y Venezuela. La fórmula, a juzgar por los resultados catastróficos de esos experimentos, es pésima. Sugería yo alguna vez que en vista de este fracaso, en América Latina teníamos que intentar algo diferente: reeducar a los empresarios. Se dice fácil.

Ver a un empresario exitoso hablar de su negocio resulta impactante: se sabe los números al derecho y al revés, tiene claras las oportunidades, es duro aunque quizá justo con sus socios, proveedores y clientes, al tiempo que implacable con sus competidores. Habla con una seguridad impresionante. El problema surge cuando uno le propone que pase a temas políticos y sociales. Hablará de ellos con igual seguridad, pero por lo mismo incurrirá fácilmente en desatinos mayúsculos: el Estado es un elefante blanco, los impuestos son una maldición bíblica de la que hay que defenderse como un gato patas arriba, las cortes están llenas de ignorantes (ejem, que también los hay), los pobres son pobres porque no trabajan y creen que todo se les debe, y así. Llamémoslo el Síndrome de Romney.

Para un empresario una ganancia de dos millones de dólares siempre será mejor que otra de un millón, y las de 20 o 200, ni se diga. No entenderá el argumento de que bigger no siempre es better y de que las cantidades exageradas de capital pueden traer dolores de cabeza.

En materia de idolatría del empresariado, los mencionados republicanos gringos son un referente obligado. Nadie demuestra mayor fidelidad a este partido día por día más extremista que los presidentes ejecutivos y los que aspiran a serlo. Entre los billonarios, muchos son demócratas o tienen agendas sociopolíticas sorprendentes, pero es casi imposible encontrar un CEO gringo de espíritu socialdemócrata.

Si volvemos al empresario exitoso que pretende extrapolar su experiencia profesional a la sociedad en su conjunto, entenderemos que no es fácil que cambie de punto de vista cuando ya llegó adonde llegó. La arrogancia del éxito, convertida incluso en negación psicológica cuando éste se muestra esquivo, le impide entender la frase que Hamlet le dijo a Horacio: “Hay más cosas en cielo y tierra de las que alcanza a soñar tu filosofía”. Así que si se busca un cambio de fondo, es preciso esperar una generación, lo que nos remite al problema crucial de la educación. Las universidades tienen que producir empresarios exitosos y fallan en materia grave cuando imparten una educación que de forma sistemática resulta inútil en el mundo del trabajo. ¿Que en toda universidad que merezca su nombre también tiene que haber gente impráctica, especulativa y teórica, y hasta poetas puros? Sin duda, pero si eso es todo lo que hay, el país se resentirá.

Lo esencial es, pues, educar a la gente para que pueda insertarse con éxito en la economía de mercado, al tiempo que llega a él entendiendo sus límites, sus bemoles y conociendo y apreciando el resto de modos de vida que nunca podrán verse reflejados en un P y G.

En cuanto a la reeducación de los mandamases que ahora mandan, no queda de otra que la crítica ácida, cuyo efecto será necesariamente limitado.

[email protected]@andrewholes

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Andrés Hoyos

El factor AMLO

Un remedio para la inequidad

Pasos de animal grande

Epílogo sin calenturas

El último ensayo de Anthony Bourdain