Por: Darío Acevedo Carmona

Empresarios, guerra y paz

Humberto de la Calle, jefe de la delegación oficial en los diálogos de La Habana, ha soltado su lengua en los últimos días.

La semana pasada se dirigió a los empresarios a través de una videoconferencia para solicitarles compromiso y apoyo a la paz. Trató de convencerlos de que la paz no se logra con la firma de unos acuerdos sino en un proceso que se puede tomar una década, y, más lejos, advirtió que la petición de perdón de las Farc a la sociedad es asunto individual.

No tenemos elementos de juicio para saber la reacción de los empresarios ante el discurso oficial. Pero, es de esperar que en su inteligencia habrán tomado nota de al menos las siguientes cuestiones problemáticas. Primero, que las Farc han desbordado todos los límites, quieren negociar toda la agenda nacional, hablan como un ejército triunfador, han alargado sin excusa válida la concreción de acuerdos puntuales, han rechazado cualquier castigo penal, no aceptan hablar de la dejación de las armas y rechazan pedir perdón.

Segundo, los creadores de empresas saben por experiencia directa que toda negociación debe producir resultados en tiempos razonables y han de recordar que fue el mismo presidente Santos quien al comienzo advirtió que esto sería cuestión de meses, no de años, y que tal como pinta, va para años.

Lo tercero es que, de nuevo como en 1998 y 2002, las Farc se van a convertir en árbitro de las elecciones. Más grave todavía, que agrupaciones políticas creadas por ellos reeditarán la trágica y perversa consigna de la combinación de todas las formas de lucha. Si se llega, tal como es posible, a la firma de algún texto, las Farc habrán alargado los diálogos hasta el inicio del nuevo periodo presidencial. Habrá que pensar, y uno espera que los empresarios en su inteligencia lo sabrán hacer, si se justifica esperar a ver cuántos soldados más han de perder la vida, cuántos secuestros se cometerán a través de organizaciones que les hacen el trabajo sucio, cuántos barriles de petróleo contaminarán ríos y quebradas, cuántos paros armados realizarán, cuántos pueblos arrasados, cuántos niños reclutarán, cuántas minas colocarán. Para todo ello tienen vía libre gracias a la imperdonable no exigencia de cese unilateral de la violencia que el estado colombiano tenía el poder de hacer en razón de los notables avances de la Seguridad Democrática.

En cuarto lugar, sacarán sus propias conclusiones, como lo hemos hecho muchos colombianos, sin desbordar nuestras leyes, en libertad y en democracia, y caerán en cuenta que el obstáculo mayor y principal no se encuentra del lado de la civilidad sino que son las Farc las que se obstinan en posiciones irreductibles aprovechando unas condiciones de igualdad que erróneamente les otorgó un presidente ilusionado en una paz rápida. Un gobierno que inauditamente fue tan lejos que adoptó la retórica guerrillera según la cual, para construir la paz primero deben adelantarse las reformas sociales por las que dicen estar luchando como si ellas tuviesen la razón y fuesen representantes de los anhelos de la población.

Los empresarios han sufrido la violencia, no la han gozado, ellos como los campesinos y otros sectores de la sociedad son víctimas de las atrocidades de paramilitares y guerrillas. El campesinado de todos los estratos requiere con urgencia la paz y el cese del dolor. Igual, los empresarios de la ciudad y del campo y que la paz signifique el restablecimiento de la seguridad, condición indispensable para una sana convivencia y para que los negocios fructifiquen.

Grandes, medianos y pequeños empresarios, a través de los gremios que los representan, tienen en frente el gran desafío de medir los riesgos de abrir los espacios de la civilidad, la democracia y la libertad a unas guerrillas que no abandonan su proyecto lumpen-revolucionario, que persisten en su intención de radicalizar las luchas de clases, como lo vimos recientemente en los paros agrarios, que no quieren hablar de dejación de armas, que se niegan a aceptar los generosos términos de la Justicia Transicional, que van a aprovechar la desunión de las elites políticas para avanzar en su objetivo de tomarse el poder como sea para replicar en Colombia el modelo castro-chavista y que harán invivible el país en los próximos diez años de la flamante transición que les van a conceder. A lo mejor, también se convoque una constituyente en la que, sin votos, a las Farc se les otorgue la mitad de los constituyentes. El rumbo seguido por Chávez y por otros dictadores del entorno que se eternizan en el poder utilizando la democracia.

¿Paz?, ¿cuál y en qué términos? Si al menos se firmara tal como se hizo con el M-19 o con la Corriente Socialista del ELN, o con la criticada, por “generosa”, con los grupos paramilitares. Paz sin adjetivos, con garantías, sin premios, con cárcel para crímenes de lesa humanidad y con entrega de armas, bienvenida.

Entenderán los señores empresarios en su espíritu pragmático, que hay mucha bajeza y cinismo del gobierno al graduar como enemigos de la paz y guerreristas a quienes reconquistaron la seguridad colectiva, y desconociendo que las guerrillas son las que incrementan su violencia. Concordarán en que es un insulto al sentido común y al honor de las gentes pretender, tal como lo insinuó el ministro del Interior, que el debate electoral opondrá a quienes quieren la paz con los que desean la guerra, idea central del referendo, como si los colombianos no tuvieran madurez para distinguir entre una paz digna y un arreglo con impunidad.

 

Darío Acevedo Carmona

 

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