Por: Mauricio Rubio

En 2020, menos envidia

El año terminó con protestas y manifestaciones variadas en diferentes ciudades de Colombia y el mundo. Nadie ha logrado explicar por qué esa especie de contagio.

Una posibilidad es que el malestar difuso y generalizado contra el sistema capitalista y la clase política resurgió en 2018 con los “chalecos amarillos” franceses. A pesar de altibajos y diferencias regionales, el movimiento se mantuvo a lo largo del 2019 hasta empatar a principios de diciembre con movilizaciones contra las reformas del sistema pensional que afectaron la celebración de las fiestas navideñas.

El País español le dedicó un artículo a tratar de entender por qué los franceses son unos “eternos descontentos”, calificativo que cae como anillo al dedo a los autoproclamados representantes de las marchas, protestas y cacerolazos en Colombia. Un gran enigma contemporáneo es el continuo “malaise” francés, una de las sociedades “con mayor bienestar y mejor protección social del planeta” que, además, tiene uno de los menores niveles de pobreza con poca desigualdad. El 34% del PIB francés se destina a gasto social, bien por encima del promedio europeo, para no hablar del resto del mundo.

En marzo de 1968 un editorial de Le Monde constataba que “Francia se aburre”. Dos meses después la revuelta estudiantil que se extendió a otros lugares paralizaba el país poniendo fin al régimen del general de Gaulle. Lo insólito es que terminaba un largo período de prosperidad económica. Ya desde el siglo XIX Alexis de Tocqueville señalaba la paradoja de que muchas revueltas ocurren cuando la situación económica y la libertad de expresión han mejorado.

A partir de encuestas realizadas en distintos países, según las cuales Europa y en especial Francia, presentan indicadores de envidia atípicamente altos, Arthur Brooks, economista de Harvard, anota que “la envidia es un verdadero cáncer para la felicidad: si la buena fortuna de los demás te hace menos feliz, casi nada de lo que tengas será satisfactorio”. La persona envidiosa vive insatisfecha y siempre quiere más. Al darle gusto, se crea un círculo vicioso que retroalimenta un estado de frustración perpetua y tóxica.

Queda claro del abultado memorial de agravios del “Comité Nacional de Paro” que así se pudieran satisfacer todas esas demandas, habrá detrás una lista igual o más larga para reemplazarlas. El resentimiento tal vez se agravó con la pérdida de poder por las elecciones presidenciales.

La envidia continúa siendo mal comprendida, en parte porque se camufla con buenas intenciones. El recurso más usual para taparla es una causa noble, como la lucha por el pueblo, que es una capa retórica superficial. Para Eduardo Lora, “de los puntos que exigen los líderes del paro al Gobierno, no hay uno solo que tenga por objetivo mejorar la situación económica o la seguridad social de los pobres. Las demandas buscan proteger los privilegios de unas minorías, como son los asalariados, los estudiantes universitarios y los maestros sindicalizados. Los mismos de siempre, apoyados ocasional y espontáneamente por las amas de casa de las clases medias y altas”.

Unos meses antes del paro, tratando de entender la visceral tirria contra Rappi, supuestamente motivada por las condiciones laborales de los bicitenderos -en un país en donde la informalidad laboral es la norma y la gente privilegiada disfruta sin agüero esa mano de obra barata y flexible- Thierry Ways aventuraba la envidia como posible explicación: “intuyo que el recelo obedece no tanto a la supuesta explotación del trabajador sino a que alguien haya inventado una manera de hacer dinero”.

Para la doctrina católica, la envidia es uno de los siete pecados capitales. Entre estos, es el menos divertido, anota otro académico gringo. Miguel de Unamuno la consideraba “mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual”. Melanie Klein, psicoanalista austríaca, investigó ese sentimiento que por mucho tiempo fue confundido con los celos. Descartó tal paralelo puesto que en la envidia no existe el equivalente del triángulo amoroso típico de la rivalidad sentimental. La contrapuso a la gratitud y la caracterizó como "rabia porque otra persona posee y disfruta algo deseable: el impulso de quitárselo o estropearlo".

Fuera de eventualmente provocar venganza y violencia, un aspecto común de la envidia y los celos es que la gente atormentada por tales pasiones trata de ocultarlas, le producen vergüenza. Stendhal precisaba que “la vanidad no puede servirles de soporte... dejarse ver con un gran deseo no satisfecho es dejarse ver inferior”. Sin embargo, a diferencia de los celos que son políticamente incorrectos, el maquillaje de la envidia como preocupación por los desposeídos permite presentarla como legítima y de vanguardia.

Les deseo un 2020 con pocos celos y envidia. Que sea un año de menos quejas, más soluciones personales y mayor sindéresis: quienes protestan por un gobierno inexperto y malintencionado no deberían confundirlo con los Reyes Magos.

Ver más…

898112

2020-01-02T00:00:15-05:00

column

2020-01-02T00:30:01-05:00

jrincon_1275

none

En 2020, menos envidia

22

5342

5364

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Mauricio Rubio

Eterno diálogo con el Eln

Conflicto maquillado

Silencioso liderazgo mundial en prostitución

Contar o no contar, "that is the question"

Un lío de hacer cuentas