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hace 4 horas
Por: Ana María Cano Posada

En alto riesgo

Crecen los asesinatos de mujeres en Colombia en desproporción nunca antes vista.

Se producen suicidios como el de la niña incomprendida de 14 años, Brigitte, quien en frente de sus compañeros de colegio en Mariquita, Tolima, opta por darse un disparo. Casos que se multiplican como una epidemia. Modalidades desconocidas de violencia hacen acuñar el término “feminicidio” en nuestro país. Indicadores que revelan la incierta condición de quienes tienen a su haber trasmitir la vida, pero deben correr muchos más riesgos al vivir que los hombres. Y esto sin entrar en el terreno del aborto, con aquel tortuoso camino que ha venido transitando en Colombia y con la estela de víctimas que ha dejado su prohibición.

Subsisten muchas preguntas detrás de todos estos crímenes de horror que han ocurrido este año: como el de Rosa Elvira en el Parque Nacional, o como el de la mujer, Berenice, que en Santa Bárbara, Antioquia, fue quemada viva por presumirla y sindicarla de bruja, que recuerda la peor paranoia en Salem, en Estados Unidos. Es un formato que delata su origen, tiene unos rasgos comunes, se basa en una misoginia y en el cerco que padecen las niñas por parte de una sociedad que las programa y luego las desecha, que les impone un esquema de vida para que sean útiles a otros y borra sus propios rasgos, decisiones, deseos.

Pasa aquí y también en el mundo, para empeorar la situación. El suicidio de una niña de 15 años, -Amanda Todd en Toronto- luego de ser acosada haciéndola desnudar con amenazas durante tres años su acosador a través de internet; o el de Malala -en Pakistán-, quien también a sus 15 años recibe un atentado de los talibanes por defender la educación femenina, son dos alegorías de los riesgos inéditos que corren hoy mujeres jóvenes que añaden a su condición de sometimiento, el de ser instrumento de imposiciones económicas y políticas. Y de padecer un estrecho encuadre de caber allí donde se las requiere.

No se trata de desconocer la incertidumbre en la que también crecen los adolescentes hombres en Colombia y en otros países, pero ellos no añaden a su propia condición vital la tarea tácita que imponen a las mujeres: la de ser funcionales en el ámbito íntimo. Altísima y ambigua exigencia esa, porque no tiene una precisa regulación. No de otra manera se explica porqué castigan en la India y en la China los nacimientos de niñas, por considerarlas un lastre, dado que a ellas no se les atribuye la productividad ni la retribución económica. Ellas como que no traen el pan que todavía viene con los niños bajo el brazo.

Este tema, el de las niñas y su indefensión ante la multiplicidad de estilos de acoso actuales, es aún un tema de voluntariado, de primeras damas, de pequeñas consultas o de primeros auxilios, pero no el tema de opinión y de debate que amerita. Las estadísticas aisladas, los casos que se traslapan, no logran producir una movilización ni permiten un análisis sistemático de cuál es la tendencia que marca esta violencia. Sólo por nombrar además el territorio de las víctimas, en el cual se enmarcan las mujeres como parte damnificada por el conflicto colombiano y donde aparece el rostro sistemático de ellas. Estas figuras dolidas, inexpugnables, a las que hemos visto vejadas también así.

Si hace agua el sistema por síntomas económicos, mucho más reveladora es esta tendencia de abrumar a las mujeres con una carga pesada de obligaciones, sobreentendidos y usos, que producirá cada vez más mujeres en alto riesgo. Y alguna consecuencia peor, imprevista y terrible tendrá esto para la especie. 

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