Por: Columnista invitado

‘En bici y en vilo’

—Permiso, por favor. Hey, permiso. ¡HEY, QUE POR FAVOR, PERMISO, que está caminando sobre la ciclorruta!

Estas frases hacen parte de mi rutina desde que decidí salir a rodar para expandir mis pulmones y aumentar mi ritmo cardiaco; bueno, y de paso transportarme al trabajo, a la universidad, adonde el novio, adonde la acupunturista e incluso a la marcha del pasado 9 de abril, donde rodó junto a cientos de personas a mi paso y al de la marcha. ¿Por qué decidir encartarme de esta manera?

Mi bici es linda, se llama la Mocuanita, como el gentilicio de Mocoa, Putumayo, donde nací. Muchas veces imagino que, en un día soleado, voy rodando por una autopista sólo para bicicletas y me siento gloriosa cuando veo que todo fluye: el tráfico, el tiempo y el ritmo cardiaco.

Pero siempre me veo obligada a aterrizar en mi ruta más concurrida: la carrera 13, una de las más tenebrosas vías para un ciclista, especialmente entre el parque Lourdes y la calle 53. Allí ni miran lo bonita que está la bici ni nada; allí la autopista soñada se convierte en un centro de obstáculos. Lo que importa es la defensa personal y no ir a dar contra el íntegro cuerpo de cualquier persona que se atraviese desprevenida, porque hay personas que van por el andén y de repente pegan un salto a la ciclorruta y uno queda en vilo: frena, tuerce el manubrio, hace maromas y se lamenta, si no hay suerte, de estrellar a un inocente, y el victimario ni cuenta se da.

 Muchas veces me he alternado el papel de victimaria y el de víctima. Como hace dos meses, cuando bajaba por la pendiente de la salida del hospital San Ignacio que da a la séptima con una velocidad vigilada; al parecer, llevaba todo controlado: mi cuerpo, mi bicicleta y mis fresas, unas que había comprado a muy buen precio. Pero el cálculo no funcionó y al girar caí en medio de la Séptima, llegué a besar el pavimento y todas mis fresas cayeron sobre la calle; estalladas, despedían su jugo rojo. Mi primera reacción fue la de protegerlas. Mientras que pasaban los carros pitando, yo insistía en que debía recuperarlas, así fue, y como si nadie se diera cuenta, arranqué en mi bici igual de magullada a las fresas que quedaron en el asfalto.

 Sobre la ruta, cuando no es mi bocina es mi dedo pulgar el que se me atasca; por eso dependo de mi voz para despistar al enemigo más lejano. Pese a lo débil de mi voz, yo le tengo fe. Incluso el otro día una mujer en bici me dijo que se iría en mi retaguardia porque ella no tenía bocina.

El abrirme paso me lo tomo en serio, hay que educar a la gente ¿o no? Aunque el otro día iba tan en mi papel que, sin darme cuenta, como si mi pulgar fuera una cosa y mi mente otra, le activé mi bocina a una viejita que con dificultad atravesaba el andén con ayuda de su enfermera; caí en cuenta de mi crueldad minutos después, mi sentido de derecho del espacio ya estaba sobrepasando el límite.

 —Es que ahora lo quieren matar a uno de cualquier forma.

—Sí, sí, cómo no, vieja mal… ¡vaya por donde quepa!

Entre insultos, sustos y muchas imprudencias, el ciclista sobrevive en el entorno bogotano. Y aun cuando recibo de forma más directa la mezcla de hidrocarburos volátiles, ozono, peroxiacilo, hidroxilo —smog, para los mortales—, me encanta disfrutar de esta pequeña libertad de transportarme a mi ritmo.

 ‘Directo Bogotá’ es la revista de periodismo de la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Pontificia Universidad Javeriana. Las crónicas en este espacio han sido escritas para El Espectador por sus reporteros.

 

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