Por: María Elvira Samper

En busca de un mago

No importa si la ONU acepta a Palestina como Estado miembro —el Estado 194— o como Estado observador, tanto el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbas, como el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y en general la comunidad internacional —Colombia incluida—, consideran que sólo una negociación directa entre las dos partes podrá hacer efectiva la existencia de un Estado palestino independiente.

Así lo subrayó el presidente Obama en su discurso ante la Asamblea General: israelíes y palestinos son los que deben llegar a un acuerdo sobre los asuntos que los dividen: fronteras, seguridad, refugiados y Jerusalén.

Pero fue precisamente por el fracaso de los intentos de negociación bilateral, y por la creciente desconfianza en la voluntad de Israel de concretar un acuerdo y en la mediación estadounidense, por lo que Abbas decidió jugarse la carta del escenario multilateral. Considera que el reconocimiento de un Estado palestino soberano por parte la ONU puede ejercer la presión que se necesita para volver a la mesa de diálogo.

Aun si la apuesta palestina es correcta, las posibilidades de un acuerdo con Israel no son hoy más altas que en el pasado, y no sólo por cuenta de los fundamentalistas de uno y otro lado que atenazan y paralizan a los gobiernos, sino principalmente por un problema de liderazgo. Lo señala el analista Marcos Peckel en su columna del miércoles pasado en El Espectador: “La ventana de oportunidad para la solución de dos Estados es cada vez más pequeña. Para lograrla, se requieren líderes con poder de decisión, valentía, imaginación y una inquebrantable voluntad de compromiso”.

Es lo mismo que vienen sosteniendo de tiempo atrás dos lúcidos intelectuales, pacifistas ambos, ambos criados en Jerusalén, uno judío israelí y el otro palestino, los dos estigmatizados por sus compatriotas más radicales: el escritor Amos Oz, fundador del movimiento ‘Paz ahora’, y el académico Sari Nusseibeh, rector de la Universidad Al Quds, considerado heredero intelectual del pensador Edward Said. En un diálogo público que sostuvieron a finales del año pasado en Berlín —publicado por La Vanguardia de Barcelona—, los dos insisten en la necesidad de un renovado liderazgo. “Un liderazgo valeroso, visionario en ambos lados”, dijo Oz, y Nusseibeh replicó: “Necesitamos imaginación, visión… Un líder en nuestra sociedad o en la tuya, o en ambas, que rompa de alguna forma la barrera… Es como estar buscando un mago político”.

Un mago o, mejor, dos magos sensibles que sean capaces de reconocer que en los dos pueblos hay heridas profundas, sentimientos y emociones lastimados, desconfianza, dolor, miedo… Un mago israelí que reconozca que Palestina es la tierra de los palestinos, que pedirles que cedan una parte de su hogar es pedirles un sacrificio enorme. Un mago palestino que reconozca que para los judíos Israel es su tierra ancestral (“la única patria que hemos tenido como pueblo”, dice Oz), que entienda la magnitud de la tragedia del Holocausto, una de las razones para la creación del Estado de Israel. En palabras de Obama, líderes que puedan “instar a las partes a sentarse juntas, a escucharse y entender las esperanzas y miedos mutuos”.

La solución del conflicto, la única aceptable, es la coexistencia de los dos Estados, y eso supone que israelíes y palestinos comprendan la profunda conexión que ambos tienen con la misma tierra y que la posibilidad de un futuro en paz, aunque no exento de conflictos, pasa porque unos y otros cedan en algunos de sus reclamos históricos, en parte de lo que consideran sus legítimos derechos. Realmente una tarea de magos.

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