En busca del tiempo perdido

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Algunos pensarán que es una exageración decir que el gobierno de Iván Duque está por terminar. Sinceramente creo que de exagerado no tiene nada. Solo hay que entender la dinámica de los gobiernos de cuatro años y sin posibilidad de reelección para afirmar que lo que no se hace en los dos primeros años ya no se hizo, hablando, claro está, de las ejecutorias trascendentales de un gobernante.

Este año se acabó, y empezando el segundo semestre de 2021 el país ignorará aún más a Duque y se concentrará en las elecciones de presidente y de Congreso del primer semestre de 2022. Es decir, en poco tiempo será más importante lo que otros digan y prometan que lo que diga, prometa y haga el presidente Duque. Siempre ha sido así, salvo cuando ha habido reelección, lo que no aplica para Duque, por desgracia para él y por fortuna para el país.

Muchas veces hemos dicho que Duque desperdició su gobierno y el país perdió oportunidades de desarrollo. Y ello tampoco es una exageración. Para saberlo, solo basta preguntarse: ¿qué ha hecho —o qué se espera que haga en lo que resta de su período— que haya implicado o pueda implicar un cambio estructural o sin precedentes en la historia del país? ¿Qué es lo que los libros de historia tienen de positivo para contar sobre su gobierno? ¿Qué cosa trascendental no olvidaremos del presidente Duque?

¿Hay menos pobreza? ¿Disminuyó la economía del rebusque? ¿Aumentó el respeto a las garantías ciudadanas? ¿Se consolidó una cultura de respeto por las minorías? ¿Hay más justicia social? ¿Tenemos una mejor y más sólida democracia? ¿Se afianzó la paz? ¿Se acabó la guerra? ¿Se redujo significativamente el tráfico de drogas? ¿Se combatió con histórica firmeza a quienes desde la política y las empresas se roban el patrimonio público? ¿Se logró hacer un proceso de paz con quienes aún se mantienen levantados en armas? ¿Se creó una política pública sin precedentes contra la corrupción? ¿Se dejó de gobernar bajo amiguismos? ¿Mejoró el servicio de administración de justicia? ¿Se redujo la impunidad? ¿Disminuyó el desempleo a un nivel nunca antes visto? En fin, ¿tenemos un mejor país?

La respuesta a todas esas preguntas es no. Un no rotundo. Este Gobierno se dedicó a malgastar el tiempo, a odiar, a ocuparse de lo que no es trascendental, a gobernar pensando en el corto plazo, en el acaparamiento de las instituciones y en creer que como gobernante se juega el mismo rol que como opositor. Se dedicó a tirarles piedra a todos los que le ladran desde la oposición, como si denunciando, entutelando o insultando a los críticos se mejorara la obra de gobierno. Duque renunció a lo que es irrenunciable para un buen gobernante: hacer cosas trascendentales, que dejen huella, que hagan historia, que cambien la sociedad, que construyan un país diferente.

Colombia debe trazarse metas, pensar en grande. Hay que lograr consolidar un proyecto en el que todos quepamos, dejando de lado a quienes han sembrado el odio, el terror, el miedo, el populismo y el fanatismo de derecha o de izquierda. Hay que ignorar, de una vez por todas, a quienes nos quieren vender un enemigo común e imaginario para afianzar un proyecto político fundado en la agresión y en la mentira. Hay que abandonar en el camino del progreso a quienes se han aferrado a gobernar para ser importantes y poderosos, pero no para transformar la sociedad. Hay que olvidar “a los mismos con las mismas”, a quienes solo han pensado en satisfacer su ego y sus vanidades a través del ejercicio político, a quienes les falta determinación y carácter para priorizar en la agenda pública la necesidad imperiosa de hacer que los menos favorecidos vivan mejor, con empleos dignos, con más educación, con más salud y, sobre todo, con más oportunidades.

La sociedad colombiana debe reflexionar, al igual que lo ha hecho en los últimos días el pueblo estadounidense. No hay otra opción que la de retomar el rumbo, que no es nada distinto a ir “en busca del tiempo perdido”.

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