Por: Diana Castro Benetti

En casa

Peregrinar es un delirio. Requiere de planes de trabajo y, a veces, algo de poesía esotérica para comprender itinerarios, rutas, imprevistos y los sucesos escondidos en las sandalias. Cada recorrido es decisión, espontaneidad, juego y entrega al destino, pero sobre todo dudas y entusiasmos.

Cada viaje tiene su equipaje y en cada final el indicio de un nuevo principio. Ahí, la soledad es consejera, la muerte acechadora y los acompañantes están en el margen de las exigencias.

Pero caminar ligero de equipaje resulta utópico. Se lleva consigo las muertes de otros, los amores reciclados, los miedos milenarios, las expectativas en el hombro y los olores de un aroma futuro. Casi siempre lo más pesado es la maraña de pensamientos y lo más ligero las monedas del bolsillo. Cada paso exige atención a una mueca y a la sabiduría delicada de reconocer la desconfianza propia de la maldad ajena.

Peregrinar es un acto de voluntad atado al sentido de libertad. Estructurado y libre, espontáneo y gozoso, el acto de caminar con atención no obliga ni anuda expectativas. Por el contrario, abre las puertas de la incertidumbre y el riesgo, modela la exigencia y el orgullo, aumenta los defectos y pone en evidencia toda carencia. Difícil a más no poder, el andareguear con sentido propio, amplifica las sombras internas, ajustas las ambiciones y posibilita las maravillas de la infinitud. Peregrinar es la comunión con el momento sin importar el destino ni el equipaje y es un estar consciente de lo inútil de una comida perfecta, una cama cómoda o un buen café.

Moverse de un sitio a otro requiere de indulgencia con lo propio y lo ajeno, pero también de exigencia y de una gran dosis de realismo al verse pequeño. Peregrinar es empacar los sueños, la felicidad y toda vieja tristeza al lado del peine, las medias y los collares de ocasión. Cuando se es peregrino no hay tiempos, no hay espacios, no hay rangos, no hay clasificaciones.

Cuando se anda se aprende que la claridad es ilusión, la certeza tierra movediza y la atadura cadena de mentiras. Llevarse puesto es la única contraseña y dedicarles el amanecer a los amores futuros una oración porque caminar hasta el mar y más allá de él es la convicción de ser la existencia, ésa que siempre despierta en casa.

[email protected]

Buscar columnista

Últimas Columnas de Diana Castro Benetti

Una perversión

El don

El querido diario

Lectura silenciosa

Pasiones dulces