Por: Columnista invitado

En defensa de Catalina Ruiz-Navarro

Rodrigo Nel Córdoba R. *

Es innegable que algunos de los comentarios de la columnista Catalina Ruiz-Navarro pueden sonar fuertes en algunas ocasiones y, por qué no, agresivos.

Pero también vale la pena decir que es importante que alguien manifieste lo que muchos y muchas no se atreven a decir, de manera clara y directa; esta es la tarea de un columnista, decir las cosas sin filtros en el inconsciente, como las considere, manteniendo una línea de coherencia y encontrando, desde su punto de vista, las explicaciones a su manera de entender el mundo.

Es llamativo que algunos aplaudimos cuando dice cosas que nos gusta oír, pero decidimos aplastarla cuando nos toca puntos innegociables o derrumba ídolos y, mucho más, cuando toca posturas o comportamientos que consideramos debidamente planchados y empacados.

Ante estos conceptos es notoria la forma metódica y organizada cómo desde soldados a generales se han organizado para querer exterminar a alguien, a quien consideran que ha crecido mucho y su osadía se ha desbordado, por lo que consideran es mejor sacarla de los circuitos de la opinión y del pensamiento, acudiendo a lo que lastimosamente cae el ser humano, que es hacer una crítica fuerte, ácida e irrespetuosa. Generalmente y sin temor a equivocarme, esta actitud es propia de personas narcisistas, que según la RAE son personas engreídas y que hacen inoportuno y vano alarde de erudición, ténganla o no en realidad.

En psiquiatría podríamos explicar que estas personas que no toleran a los demás pueden sufrir un trastorno narcisista de la personalidad: un patrón de grandiosidad, en la imaginación o en el comportamiento, que tienen una necesidad de admiración y, además, una falta de empatía.

También estas personas que se creen superiores, o más cultas que los demás, se sienten en realidad en condición de inferioridad con respecto a los otros, por lo cual adoptan posturas agresivas, quieren acabar con “los enemigos”, tradúzcase los que piensan de forma diferente a ellos. Es evidente que más allá de las críticas y los desacuerdos, válidos, hay una especial cizaña en la forma en que se la trata, que casi parece un afán por sacar su voz de la discusión pública.

¿A quién le afecta que la columnista opine x o y sobre la obra de García Márquez? ¿Qué derechos se ponen en juego cuando se critica al nobel? Ninguno. Pero sí se tambalean muchos egos. Los ataques, como resultado, han sido tan insidiosos que hoy se ponen en cuestión cosas escritas hace diez años, cuando no era una persona reconocida en la vida pública.

No tenemos que estar de acuerdo con todo lo que escribe Ruiz-Navarro para entender que su voz es necesaria. Sus denuncias, durante nueve años de columna, nos han abierto los ojos a muchos, y han buscado siempre y con buena fe defender los derechos de las mujeres, tan vapuleados en este país. No tenemos que pensar igual para entendernos, qué bueno que exista la divergencia, que podamos discutir, intercambiar ideas y en ese ejercicio, crecer.

* Médico psiquiatra. Expresidente de la Asociación Psiquiátrica de América Latina.

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