Por: Tulio Elí Chinchilla

En doce cuerdas

AL PROMEDIAR EL AÑO LLEGAN LOS festivales del tiple: Encuentro de Cortiple en Envigado a partir del 26 de junio; Festival de la Guabina y el Tiple en Vélez a principios de agosto y Concurso Nacional de Tiple en noviembre en Charalá. Buenos motivos para recordar que contamos con un instrumento musical cuya voz suave y rumorosa –similar a la de un clavicordio dulcemente “pulsado”– tiene un poder formidable: remansa el espíritu e infunde nostálgica alegría al corazón. Es el poder que nace de doce cuerdas de metal –aceros y cobres–, distribuidas en cuatro órdenes, con las que obtiene una riqueza armónica superior a la guitarra.

Contrario al tópico, el tiple no es una derivación de la conocida guitarra española, ni una “versión degenerada” de ésta (como alguna vez se afirmó). Las investigaciones de David Puerta (Los caminos del tiple) son bastante convincentes al desvirtuar esas hipótesis. Tampoco es el instrumento típico y exclusivo de Colombia, pues aunque se ha querido canonizarlo como símbolo de “la Patria”, se sabe que lo compartimos con Cuba, Venezuela, Puerto Rico y otros países del continente. Por ello en el tradicional son cubano La sitiera, de Guillermo Portabales, se canta “al son del tiple y el güiro”.

Hoy resultaría anacrónica la frase popular “acompaña más que un tiple”, utilizada para resaltar el temple solidario de alguien, bajo el implícito de que aquel instrumento cumplía ante todo el papel de acompañante (rítmico-armónico). Al contrario, en la actualidad un buen tiple asume su mejor papel como instrumento líder, responsable de la melodía, reemplazo enriquecido de la guitarra “puntera”, primer plano de conjuntos y orquestas.

Poco importa si es o no el instrumento nacional por antonomasia –podrían serlo también la mágica marimba de chonta o la imprescindible guacharaca–. Poco aporta que la Ley 997 de 2005 lo haya elevado a “patrimonio cultural de la Nación”. Lo significativo es que al abrigo del tiple fue moldeada la sensibilidad musical en cerros, altiplanos y tierras calientes de la región central del país. Lo que hace entrañable al viejo tiple es que con sus doce cuerdas, los tatarabuelos aliviaron rigores, enamoraron, serenatearon, bailaron y hasta salmodiaron; y que llegó a ser el compañero inseparable de los trabajadores cuando cantaban a las estrellas en las noches lentas de las haciendas. En fin, por mucho tiempo fue nuestro nocturno corazón de madera.

¿Qué extraño atractivo debió tener este instrumento, bajo cuyo timbre –entre dulce y llorón– se embriagaban los desarraigados soldados de las guerras civiles decimonónicas? ¿Qué nos llevó a preferir su timbre metálico y su acento agudo a la voz grave y pastosa de la guitarra arábico-española? ¿Será porque, como canta el bambuco ocañero de Carlos Carrascal, los tipleros “llevan llanto en las manos y nos lo van pregonando?

Nuestro tiple de hoy ha ganado sofisticación en técnica de construcción y ejecución. Desde mediados del siglo XX se pasea por salas de concierto. En 1953 Pacho Benavides grabó con él exquisitas piezas de música brillante. En 2006 José Luis Martínez ejecutó en tiple el Concierto en re de Vivaldi, con la Orquesta Sinfónica de EAFIT. Aunque su sonido ya no corresponda al onomatopéyico “chulunguis tunguis”, los compositores nos deben una suite para tiple y los roqueros ensayarlo con distorsiones a ver cómo les suena.

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