Por: Salomón Kalmanovitz

En el camino hacia la civilización

La organización de cooperación económica y Desarrollo trazó en la reciente visita a Bogotá de su secretario ejecutivo, Ángel Gurría, una hoja de ruta para la vinculación de Colombia a ella.

La OCDE es un club de países desarrollados y hay una gran disparidad entre ellos: pobretones como Grecia, Irlanda, España y Portugal, por un lado; ricos como Estados Unidos y Alemania, por otro, y sólo dos latinoamericanos, México y Chile. Están solicitando admisión Brasil, Perú y Colombia. Se trata de implementar las mejores prácticas en asuntos de gobierno, justicia, educación, promoción de la competencia, tributación, estadística y regulación financiera.

En cada uno de los temas, a Colombia le falta mucho por hacer. Antes que nada, el conflicto interno ha deteriorado la situación de derechos humanos y degradado la política, que ojalá se supere en las negociaciones de La Habana. No tiene presentación internacional que los señores de la guerra sigan determinando la política en muchas de las regiones del país o que ciertos políticos despierten los sentimientos más bajos y gregarios entre la población para hacerse elegir. Otro tema asociado es el del narcotráfico, aunque desde los tiempos de los grandes carteles ha habido progreso en Colombia a costa de México, y está en la agenda de negociación con las Farc para reducirlo aún más.

El funcionamiento de la justicia se ha deteriorado por la reelección y el empaquetamiento de las cortes por magistrados de inclinación derechista, al lado del avance del clientelismo y la corrupción en la provisión de cargos, pensiones y sentencias. La Procuraduría se ha tornado en un monstruo que socava el estado laico y extiende sus tentáculos por toda la rama judicial. Es un legado de la combinación mortal de ser juez y parte de los procesos que se le da por iniciar, sin contar con una instancia superior que pueda frenar su arbitrariedad y desapego a la ley misma. Se trata de una organización redundante, muy costosa no sólo en presupuesto, sino en el detrimento de la democracia, al poder destituir funcionarios elegidos popularmente. En ningún país civilizado es posible que un funcionario ultrarreligioso y abusador pueda destituir a sus opositores.

La educación es un tema en el que ya nos venimos comparando con otros países de la OCDE y eso nos ha hecho conscientes de nuestro enorme atraso. Se requieren grandes inversiones públicas, combinadas con cambios organizativos que aumenten la exigencia y la productividad en cada uno de los niveles: los maestros deben ganar bien y ser seleccionados por mérito y sus contratos deben estar asociados con resultados que beneficien a sus estudiantes. Nuestras universidades también deben medirse con las de la OCDE y dejar de mirarse el ombligo.

La competencia es un bien preciado y escaso en una sociedad donde predominan la desigualdad, el privilegio ancestral y políticas de desarrollo basadas en la protección de posiciones dominantes. Los carros oficiales llevan a los hijos y nietos de los antiguos directores, mientras que en el sector privado proliferan las posiciones oligopólicas.

Según Gurría, el comercio internacional está basado hoy en cadenas de valor, estacionadas en distintos países que hacen parte de una división del trabajo dentro de grandes empresas. Insistir en la protección es renunciar a ser parte de ellas.

La OCDE nos plantea retos que nos fuerzan a mirarnos críticamente y a tratar de igualarnos por arriba.

 

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