Por: María Elvira Bonilla

En el cerebro de Uribe

NO ES FÁCIL SABER QUE ES LO que realmente piensa el presidente Uribe. Maestro en  generar noticias al filo de los acontecimientos, proponiendo y contraatacando, dificultando con ello la posibilidad de comprender lo que realmente sucede.

La zozobra de incógnitas y situaciones que se crean diariamente no permite vislumbrar un horizonte claro y mucho menos en lo referente a la guerra, que aunque el Presidente la niegue en el discurso, está en el corazón de su acción y obsesión como gobernante. Pero si de la guerra no se sabe, mucho menos de la idea de paz que lo ronda.

Sin embargo, hace algún tiempo dio algunas puntadas que pueden resultar ilustradoras. Cuando apenas se estrenaba como candidato en el 2002, sin nada que arriesgar con un  2% de favorabilidad en las encuestas, destapó sus cartas en una conversación con Luis Eduardo Garzón de la cual fui testigo, y que apareció en la Revista del Domingo de El Espectador.

Para frustración de muchos  guerreristas furibundos que dicen no descansar hasta no ver el último guerrillero liquidado,  seguros de que, como sucede en los juegos electrónicos, con un simple delete desaparece el contrincante, Uribe ve el asunto  con más complejidad. Expresó, al menos entonces, que al final del día habrá que llegar a un acuerdo de paz con la guerrilla.

Y así se lo dijo entonces a Garzón: “después de la disuasión (con la fuerza), viene la negociación. La disuasión permite que el diálogo con los violentos sea útil. La desmovilización y el desarme son puertos de llegada. Flexibilidad para los acuerdos de desarme y desmovilización, pero urgencia para silenciar las armas; con un cese de hostilidades”.

“¿Qué está dispuesto a negociar con los alzados en armas?” le preguntó Garzón. “El poder no es un tema para negociar. Pero si la guerrilla se incorpora a la democracia, no como guerrilla sino en tránsito a partido político, con la confianza de que no se repetirá el exterminio de la UP, en ese momento se estimularían acuerdos permanentes.

Le quiero hacer una confesión, mi norma de que la agenda democrática no se discute con los grupos armados, la revisaría si hubiera un avance serio en el proceso. Soy flexible para negociar agenda, no poder, si el proceso de paz se rectifica”.

Estos planteamientos tienen sentido hoy porque el escenario de la guerra ha cambiado. La acción militar ha producido resultados innegables. El Intercambio humanitario o canje, principal bandera de las Farc en los últimos diez años, ya forma parte del pasado y la guerrilla no tiene alternativa distinta a liberar todos los secuestrados. Puede estar cerca la hora de los acuerdos, sin la expectativa de una rendición de las Farc, que no se va a dar. La negociación evitaría su bandolerización que acarrearía consecuencias aún peores en términos de destrucción y muerte, máxime mientras el narcotráfico siga “vivito y coleando”.

La realidad de Colombia no permite atascarse en una dinámica de vencedores y vencidos, pues en el país urge la construcción de una verdadera democracia viable que hoy enfrenta profundas deudas sociales y soluciones aplazadas que, de no saldarse, se mantendrán vivas las condiciones para que reaparezcan grupos armados. De ser así, quedará claro que no fuimos capaces de romper el espiral de violencia que ha marcado tristemente la vida de las últimas dos generaciones de colombianos. 

 

 

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