En el nombre de Cristo Jesús

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Con ocasión del muy reprochable ataque verbal que recibió la alcaldesa Claudia López en Bogotá, mientras se encontraba socializando su plan para una movilidad más limpia y ecológica, en Colombia se volvió tendencia uno de los discursos más trillados en contra de las personas LGBTQ, que es el de la religión.

El caballero que se lanzó en ristre contra la mandataria invocando el nombre de Cristo Jesús, en un intento por respaldar su evidente homofobia desde creencias personales y supuestamente cristianas, encontró que más bien pocos hicieron eco a sus palabras y, en cambio, salió abucheado de ese lugar.

Ahora bien, la buena noticia es que los cristianos no somos exactamente un grupo de personas con ideas completamente homogéneas y cada vez un grupo más grande de nosotros, tanto protestantes como católicos, nos hemos dado cuenta de que ser gay no es algo que se enseñe o fomente ni es algo que vaya necesariamente en contra de los valores o el dogma cristiano.

Antes de salir del clóset, yo mismo idealicé mi propia homofobia a través de los lentes de la Biblia desde la adolescencia. Sin embargo, una vez di el paso de hablar abiertamente de mi orientación sexual, tuve la fortuna de contar con amigos cristianos que fueron capaces de ver más allá de sus propios sesgos fundamentalistas para abrazarme con compasión, incluso cuando muchos de ellos aún no tenían claro qué decía la Biblia al respecto. Ellos entendieron que el mensaje de Jesús jamás, en todos los evangelios, se centró en reprochar a aquellos a quienes la sociedad consideraba comunes, impuros o diferentes. Todo lo contrario.

Por un lado, el mensaje de Jesús era de amor y reconciliación (Mateo 5:38-48), de salvación para los necesitados y perdón (Juan 9:3-5), y de amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo (Mateo 22:36-40). También predicó el arrepentimiento de los pecados, pero nunca entró en discusiones bizantinas con no creyentes sobre lo que contaba como pecado o no, ya que su punto era que sin importar qué tan buenas personas nos consideráramos, nadie lo era realmente sino solo Dios (Marcos 10:18). De allí que Jesús fuera tan popular entre las personas que vivían al margen, esas que siempre fueron consideradas impuras y contaminadas. Esas personas eran a quienes muchos creyentes de la época —así como el señor del video que atacó a la alcaldesa— habrían preferido mantener alejadas de sus hijos. Pero Jesús no era como esos “creyentes”.

Por otro lado, a quienes Jesús sí criticó públicamente fue a los maestros de la ley religiosa (Mateo 23). Criticó a aquellos que se robaban los diezmos, que ponían cargas muy pesadas en los hombros de otros sin estar dispuestos a ayudarlos a cargarlas y que cumplían al pie de la letra la ley religiosa, pero se olvidaban de lo más importante: del amor, ese amor que se expresa con acciones de generosidad, justicia social y servicio para todos aquellos que lo necesiten (Mateo 25:35-45).

No señor: no usemos el nombre de Jesús para discriminar ni para avivar odios incendiarios entre una comunidad y otra. El hecho de que en un país donde el 97 % de la población se profesa cristiana —y además, en la ciudad de las megaiglesias evangélicas— se haya elegido la primera alcaldesa lesbiana de una capital latinoamericana refleja que ese mensaje discriminatorio basado en el miedo no nos representa. Podemos estar en desacuerdo sobre lo que la Biblia dice con respecto a las relaciones entre personas del mismo sexo, pero ante todo, si nos hacemos llamar seguidores de Cristo, hagamos lo que Él haría: practicar la justicia, amar la misericordia y andar humildemente con Dios (Miqueas 6:8).

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