Por: Arturo Charria

En el país de las mentiras

Hace poco se publicó una encuesta en la que el 80% de los participantes creía que las cosas en Colombia van por mal camino. La izquierda y la derecha salieron a reclamar el descontento como una evidencia del cambio que necesita el país. Obstinados en ganar las siguientes elecciones presidenciales, cada candidato se ha encargado de dibujar el cuadro más desolador, pero olvidan que ese descontento y pesimismo será el que tendrán que administrar como gobernantes.

Esta situación es preocupante y se agrava con la cercanía de las elecciones. Ahora bien, el problema no sólo es el pesimismo generalizado en que está el país, sino la forma en que se construyen estas percepciones a partir de mentiras o lo que hoy muchos llaman “posverdad”. Sin ninguna vergüenza los dirigentes políticos del país caen en la tentación de repetir y reproducir información falsa. Estos contenidos rápidamente se convierten en titulares de prensa que se viralizan y alimentan el odio de amplios sectores de la sociedad.

En las últimas semanas estas mentiras impidieron, por ejemplo, que se aprobaran las Circunscripciones Especiales para la Paz, las cuales consistían en 16 curules en la Cámara de Representantes por dos periodos. El propósito de éstas era garantizar la representación política de los territorios más afectados por la guerra. Para aspirar a estas curules se establecía, como mínimo, estar en el Registro Único de Víctimas y no pertenecer a ningún partido político que tuviera representación en el Congreso, ni ser del naciente partido de las Farc. Sin embargo, la mayoría de congresistas se negaron a votar en favor de éstas afirmando que dichas curules serían para las Farc. No tuvieron en cuenta lo que estaba en el Acuerdo firmado en el Teatro Colón y tampoco los estudios técnicos que mostraban la viabilidad e importancia de éstas.

Pero las mentiras también vienen desde Presidencia sin que tengan un costo político real. Un lamentable ejemplo se vio en Tumaco, cuando fueron asesinados durante una protesta social campesinos cocaleros que se negaban a la erradicación forzada de sus cultivos, sin que el Gobierno les garantizara una sustitución efectiva de los mismos. El resultado fue una masacre en la que perdieron la vida cerca de diez campesinos. El presidente afirmó con vehemencia que se trataba de una disidencia de las Farc. A los pocos días se conoció que los responsables de este crimen eran miembros de la Policía Nacional. La forma en que se manejó la información recordaba los peores años de la guerra en Colombia.

Y las mentiras siguen: la masacre de las bananeras no existió, sino que es producto de un mito comunista; los delitos sexuales deben excluirse de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) porque quedarían en la impunidad, aunque a la fecha no existen prácticamente sentencias sobre estos delitos por parte de la justicia ordinaria. La Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad es una institución liderada por un cura guerrillero y comunista, que se encargará de señalar inocentes e indultar a culpables.

Una película francesa, La camarera del Titanic, anticipa la tragedia que vive el país. En ésta, el protagonista se enamora del recuerdo de algo que nunca pasó. Cada noche cuenta la misma historia aumentando los detalles y la intensidad; va de pueblo en pueblo fascinando a los espectadores con su relato. Sin darse cuenta de que él mismo no diferencia entre aquello que realmente ocurrió y la historia que narra cada noche. Al igual que el protagonista, los dirigentes políticos de Colombia terminarán dominados por las mentiras que cada noche cuentan, sin enterarse de que ese mismo relato de miedo y pesimismo es el que tendrán que gobernar, en caso de que lleguen a la Presidencia.

@arturocharria

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