Por: Francisco Gutiérrez Sanín

En el partidor automático

Como reza la proverbial radionovela: “y sucedió lo que tenía que suceder”.

 El presidente Juan Manuel Santos declaró su intención de presentarse a la reelección. Fue un buen discurso el suyo, con un talante democrático, propaz, promodernización. Y con puntos simples pero que, en el envenenado ambiente de nuestra política, es importante resaltar: no puede ser que la única fórmula para enfrentar cualquier problema sea la respuesta a sangre y fuego; es un principio básico de gobierno, y de moralidad, atender las demandas de las víctimas.

Por supuesto, tanto la narrativa como la retórica de Santos serán confrontadas por la oposición. Ésta, por el momento, se divide en tres alas. La derecha radical y caudillista cierra filas alrededor del Uribe Centro Democrático. Apenas terminó Santos comenzaba su propia alocución Óscar Iván Zuluaga, el candidato de ese movimiento. Pero Zuluaga solamente es el testaferro de un predio que le pertenece a su caudillo. A la izquierda hay al menos tres movimientos: el Polo Democrático, con Clara López; la Unión Patriótica, con Aída Avella (un bienvenido regreso, después de su brutal victimización), y los Progresistas, que alistan alguna candidatura con o sin tintura verde. Por otra parte, hay una miríada de expresiones ciudadanas, que probablemente no se dejen clasificar muy bien en el tradicional eje izquierda-derecha, pero a las que podríamos poner provisionalmente el marbete de centristas, y que evalúan la posibilidad de aglutinarse alrededor de una o varias figuras.

El ajedrez electoral se va a jugar en cuatro tableros. Primero, quién se va a quedar con el premio mayor. En todos los sistemas que tienen reelección inmediata, el presidente en ejercicio arranca con una clara ventaja. Pero eso no quiere decir, obviamente, que pueda ganar como le provoque. Segundo, si va a haber o no segunda vuelta. Dada la importancia de lo que está en juego, y las especificidades que va a tener esta competencia parlamentaria, la diferencia entre triunfo en primera y en segunda va a ser grande (en el primer caso, el ganador puede reclamar haber recibido un mandato). Tercero, la carrera por el Senado. No tengo mayores dudas de que a los uribistas les va a ir bastante bien aquí, lo que cambiará de una manera muy significativa las relaciones entre Ejecutivo y Legislativo en el próximo cuatrienio. Pero, cuarto, precisamente esto valoriza la competencia por la cámara baja. Será fundamental saber si se puede crear una coalición fuerte y mayoritaria en la Cámara que dé respaldo a procesos como la paz o los acuerdos que resulten de ella.

Santos enfrenta tres dificultades. Primero, el fuego amigo, propiciado, hay que decirlo, por él mismo: ministro de Defensa, ministro de Agricultura, procurador. Segundo, sus programas banderas son de alta cirugía. La probabilidad de que aparezcan dificultades en los próximos meses es alta, así que tendrá que sortear con éxito varios momentos delicados. Tercero, las contradicciones en términos de comunicación que sufre y que no ha podido resolver. Por ejemplo, necesita empujar a las Farc para que vayan a ritmo más acelerado, pero a la vez ese mismo discurso de “vamos lento” le da a la gente la impresión de que el proceso no marcha (en realidad, en términos comparativos, va a un ritmo vigoroso). El Uribe Centro Democrático puede hacer una oposición a ultranza: su candidato de verdad va por el Senado. En contraste, los demás presidenciables tendrán que administrar dos tensiones: por un lado, entre la adhesión a programas que serán centrales en el debate que se avecina (paz) y la necesidad de desmarcarse del Gobierno; por el otro, entre el deseo de ampliar sus auditorios y sus feroces problemas de acción colectiva.

 

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