Por: Columnista invitado

En El Pez que Fuma

Por: Daniel Rocha*

Helena es una joven mujer, nacida en un corregimiento enclavado en las montañas de la Cordillera Central. Desplazada por la violencia, Helena es vecina del Santa Fe, antiguo barrio donde hace décadas residía parte de la comunidad judía, y hoy convertido en una de las tantas zonas de tolerancia que existen en Colombia. Allí en el Santa Fe, Helena es Dayana y es una de las miles de mujeres que realiza el mal llamado “oficio más antiguo del mundo”.

La condición ocupacional de Dayana va a cambiar muy pronto ya que la Corte Constitucional, en recientes sentencias de tutela, ha exhortado al MinTrabajo para que regule el “trabajo sexual”. La sexualidad de Dayana es explotada en “El Pez que Fuma” un prostíbulo nunca atendido por sus propietarios, y si el MinTrabajo cumple con el exhorto que le hace la Corte Constitucional, la prostitución hará parte de las profesiones criollas que están dentro del ámbito de los trabajos u oficios que aportan al desarrollo económico del país.

Hace poco un usuario habitual de “El Pez que Fuma”, enterado del asunto, le preguntó a Dayana qué pensaba acerca de que ahora su “oficio” iba a convertirse en un trabajo como cualquier otro. Ella no entendía de qué le estaba hablando, pero luego de una corta explicación, Dayana está más preocupada que satisfecha con la noticia. Le han surgido muchas dudas; se pregunta, por ejemplo, cuál sería su condición laboral, si va a ser empleada o trabajadora independiente y quién sería su empleador, ¿el dueño del burdel o el cliente? 

Además, en caso de ser empleada ¿le harán contrato de trabajo o de prestación de servicios?; y si va a ser trabajadora independiente, ¿a quién debe pasarle la cuenta de cobro o factura? Pero cada posible respuesta a estas preguntas desemboca en nuevas preguntas, cada una más difícil de responder que la anterior; porque si ella como independiente debe pasar factura o cuenta de cobro todo se complicaría más teniendo en cuenta que el usuario está casi siempre borracho y “pasado” como dice ella, y este no le firmaría ningún recibo con cédula o NIT por el rato, ni siquiera con el código tributario en el regazo. 

Dayana comparte sus momentos de descanso con cinco compañeras de habitación, la cual queda en el tercer piso del trabajadero sexual, luego de atender entre 15 y 20 hombres diarios. Dayana les comentó a sus compañeras lo que había escuchado sobre reglamentar su oficio; a Yessika y a Pilar poco les importó, pues dicen que ellas están ahí de paso mientras se cuadran una plata para luego dedicarse a algo decente; hace cinco años que repiten to mismo y pareciera que cada día tienen menos chance de salir. A las otras tres, Claudia, Sandy y Lola, les interesó el asunto y también tuvieron varias preguntas al respecto, sobre todo porque algunas de ellas sí tuvieron un trabajo real hace unos años. ¿Cómo va a hacer el “empleador” para el pago de sus primas, cesantías, licencias de maternidad, incapacidad en periodo menstrual o enfermedad que las lleve a guardar cama, pero esta vez por estar enfermas?

Eso sí, ellas tienen claro que en su caso el derecho al subsidio de transporte no las cubriría porque vivirían en el mismo sitio donde van a trabajar; aunque a veces caminan media cuadra para llenar vacantes en el “Pekín” porque las supernumerarias de ese club social son muy solicitadas en el extranjero y alguien se las lleva a satisfacer las necesidades varoniles en Panamá o Perú; lo que no saben es si tienen derecho a horas extras y al recargo nocturno cuando las desplazan hasta el lejano oriente del barrio Santa Fe. 

Obviamente estas cinco jóvenes mujeres se cuestionan si con la reglamentación que el MinTrabajo adelanta se les garantizará la protección frente a los riesgos y enfermedades profesionales. ¿Qué ARL se le medirá a cubrir los niveles de riesgos por armas corto-punzantes? porque algunos clientes son raros; enfermedades infecciosas por el contacto con todo tipo de fluidos corporales; lesiones por movimientos repetitivos que les genera dolores de espalda permanentes; también las patologías causadas por el alcoholismo y la drogadicción, la trata de personas y hasta el feminicidio con la tasa más alta para cualquier población femenina en Colombia. Por eso Dayana siente que el de ella y el de sus compañeras son cuerpos que no le importan a nadie, solo a ellas. 

Sin embargo, por alguna razón y con esperanzas, Dayana dice que a lo mejor la vaina funciona y resulta una buena reglamentación que las favorezca. Para que eso suceda el MinTrabajo deberá inspeccionar que su empleador en El Pez que Fuma haya hecho los aportes respectivos a salud, pensión, caja de compensación, contando con la planilla en regla. Los inspectores laborales al llegar al establecimiento podrán verificar que las normas laborales se estén cumpliendo como lo exige la ley, por ejemplo los implementos de trabajo que el local les va a dar, como dotación de ropa de trabajo, o ¿será sin ropa? ¿que dice la norma? 

Eso sí, las cinco jóvenes tienen claro que no tendrán problema con la tesis de la Corte Constitucional que establece que: la prohibición de ir a trabajar bajo los efectos del alcohol solo regirá cuando la condición de embriaguez afecte las funciones de su desempeño laboral, porque lo que sí afectaría sus funciones sería estar sobrias. Porque nadie en su sano juicio logra soportar las condiciones que pesan sobre ellas. 

Finalmente, las chicas del “El Pez que Fuma” piensan que gracias a la regulación del MinTrabajo se van a pensionar a los 57 años y hoy que ninguna pasa de los 22 hacen cuentas alegres y saben que con esfuerzo solo les quedan 35 años de trabajo duro. Sólo hace falta tener sexo con 416 mil hombres para disfrutar de su vejez, al lado de sus nietos, ahora sí en sano juicio, el que les quede.

Mientras esperan con júbilo que tanta belleza se haga realidad suenan los golpes de la desvencijada puerta de la habitación compartida, anunciándoles a estas cinco mujeres que el show debe seguir y que deben bajar en paños menores para satisfacer los ímpetus de los distintos clientes. Y como en el clásico del cine venezolano de los años 70, del mismo nombre del trabajadero sexual, alguna joven venezolana se colará. Lo que ellas desconocen es que en esa época eran las colombianas las que llegaban con sueños más allá de San Antonio del Táchira para mitigar el hambre de sus familias que se quedaban en Colombia esperando el giro de unos bolívares ganados con mucho más que con el sudor de la frente. 

* Actor, Director de teatro foro

 

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