Por: Beatriz Vanegas Athías

En eterna cuarentena

Por estos días insólitos pienso en Sor Juan Inés de la Cruz que escogió estar encerrada leyendo y escribiendo (sirviendo a su esposo Dios) ante la posibilidad de servir como esposa sumisa a un hombre tangible. Eran tiempos en que el encierro era una suerte de bendición.

He pensado también en las mujeres de la escritora Marvel Moreno (Laura de Urueta, por ejemplo, la protagonista de “Algo muy feo en la vida de una señora bien”) en eterna cuarentena, encerradas en sus habitaciones lujosas, ahítas de pastillas sedantes para liberarse de los esposos incapaces de amarlas sin la carga de ser, ante todo, hijos mimados de una madre que los hizo inútiles para el afecto y fértiles para perfeccionar tabúes y miedos hacia las mujeres que serían sus esposas-madres y así,  en un ciclo que aun hoy se repite. Pienso en la misma Marvel emigrando de la eterna cuarentena que imagino implicaba habitar la Barranquilla de su tiempo.

Pienso en Zenobia Camprubí Aymar, en eterna cuarentena al lado de Juan Ramón Jiménez. Zenobia Camprubí Aymar, quien amó, padeció, soportó, pero aun así enrumbó y organizó la obra al Nobel Juan Ramón Jiménez. Padeció su misantropía y su propensión al desorden y a permanecer alejado de la limpieza tanto corporal como de los espacios que habitaba. No siempre se es feliz, así los dos se prodiguen amor. Y Zenobia renunció a su talento para empujar y sostener al poeta en un rapto de lucidez palmaria, porque vaya una a saber qué hubiera sido de él, sin la inteligencia y sin el arte, de ella.  Tal vez la obra del marido no hubiera podido llevarse a cabo, al menos tal como ha llegado hasta nosotros. Fue una cuarentena eterna la que padeció la escritora en la que tuvo que reinventarse para no desfallecer ni vital, ni literariamente.

Pienso en Helena Araújo, una de nuestras grandes novelistas colombianas, que en su magnífico libro La “M” de las moscas revitalizó la nouvelle o novela corta que es un género abierto, a caballo entre la novela y el cuento. La escritora estuvo en una cuarentena- presidio llamada matrimonio, a pesar de pertenecer a la alta burguesía bogotana y ser hija de una familia muy liberal. Creció y vivió parte de su vida en el barrio Teusaquillo que durante los años 50 fue epicentro de la vida social de la burguesía bogotana. Vivió cinco años en Brasil mientras su padre cumplía funciones diplomáticas en ese país. Políglota, viajó por diferentes países. Estudió Literatura en los Estados Unidos. Era, pues, una mujer absolutamente feliz dentro del canon conservador y cristiano de un país sumido en los paradigmas coloniales. Sin embargo, nada más lejano a la vida de la escritora Araujo que la felicidad. Por ello empieza desconfiar de verdades infundadas que conminaban a la mujer al hogar y a ser una pertenencia del hombre.

Helena Araújo tuvo que enfrentar a finales de los años 60 un juicio ante la Corte Eclesiástica en el que se le acusaba de ser mujer incapaz de dar a su esposo un hijo varón. Además de ser recluida en un lujoso sanatorio mental en Barcelona, pues la familia y su esposo la consideraron desquiciada cuando manifestó su deseo de separarse. Este atentado contra su integridad física y mental la llevó a exiliarse en Suiza, no sin antes ser separada de sus cuatro hijas. El exilio como una suerte de cuarentena que la hizo crecer y ser finalmente.

Fueron cuarentenas caóticas las de Helena Araújo y Zenobia Camprubí, pero signadas por la perseverancia que hizo que consiguieran una obra literaria exquisita.

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