Por: Piedad Bonnett

En garras de los bancos

En su columna del domingo, William Ospina enumeró las muchas razones por las que los colombianos estamos hasta la coronilla y que nos tienen marchando. Todas tan verdaderas que lo increíble es que ese malestar apenas estalle. “Estamos cansados de papeleos, cansados de trámites, cansados de la voracidad de los bancos y de su tanto por ciento…”, escribió, y a esto quiero referirme, puntualmente.

Para demostrar el abuso de los bancos pondré un solo ejemplo, y de los menos significativos, pues también se reportan cobros indebidos, engaños e indolencia en caso de suplantaciones. ¿Sabe usted por qué calvario tiene que pasar si quiere cancelar una tarjeta de crédito? (Pido perdón por hablar desde una circunstancia personal, aunque estoy segura de que mi caso es el de miles de clientes, pues según un informe del 28/10/2019 en Cuestión Pública, en la última década la disconformidad con el trato del sistema financiero aumentó en un 26 %. Y —¡atérrense!— entre 2006 y 2018 la Superintendencia Financiera registró 8'369.609 quejas, “una cifra mayor que el número de habitantes de Bogotá”).

Pues bien: quise cancelar una tarjeta de crédito del Banco de Bogotá porque empezaron a aparecerme cobros continuos de unos servicios que no recordaba haber contratado, pero sobre todo porque, después de dos décadas de ser una cliente puntual, el banco adujo, ante un fraude con unos cheques robados y falsificación de firma, que la culpa era mía (o sea de la víctima) por no cuidarlos. Para empezar mi cancelación debí hablar al menos con cuatro representantes del banco que con gran ímpetu me impelían a explicar por qué quería irme, me ofrecían toda clase de supuestas prebendas si me quedaba, y me interrogaban despiadadamente sobre fechas y horas de pago para constatar que no mentía. Cuando, exhausta, respondí que quería cancelar porque sí, porque quería, un “educadísimo” funcionario me deseó que ojalá me ganara el Baloto (literal), y me inició en un proceso kafkiano. Porque cada vez que el cliente paga para ponerse a paz y salvo, debe esperar entre 48 y 72 horas para que esto quede registrado, tiempo en el que o llegan cobros o el banco genera unos inexplicables “gastos de cobranza”; y así, hasta el fin de los días. Una estrategia de dilación pensada para hacernos seguir en las garras de una entidad que se promueve como la más servicial, y que en realidad ha creado un sistema infernal y abusivo para retener a sus clientes.

Según la página mencionada, a la que los remito porque tiene otras importantes denuncias, los bancos con más quejas son los del Grupo Aval —cuyas cabezas están siendo investigadas por presuntos sobornos en el caso de Odebrecht—, con un promedio de 145.000 quejas anuales. Mientras que las sanciones de la Superintendencia Financiera son cada vez menos. “El problema de las pocas sanciones a entidades financieras tiene dos nudos álgidos —dice Mauricio Rodríguez Saavedra, exfuncionario de la Superintendencia—. El primero es la poca capacidad técnica (…). Y el segundo, más profundo y grave, la falta de independencia del organismo estatal”. Sobre la tramitología, que el Gobierno promete mejorar, hablaré en otra ocasión. Para mostrarles por qué no es verdad tanta belleza.

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2019-12-08T00:00:03-05:00

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