Por: Ignacio Zuleta

En homenaje al secreto del lorito coronado

“Colombia tiene más especies de aves que cualquier otro país en el planeta”, se afirma en la página de BirdLife International, la ONG más respetada globalmente en el estudio de los pájaros, en su sección sobre las Áreas Importantes para Conservación de Aves (AICAS). Como todo tesoro sobre el cual hemos estado sentados en estos siglos de la patria boba, otros lo han descubierto o nos han señalado su importancia. Y no es que el conocimiento ancestral de los indígenas, los ornitólogos locales, los institutos ambientales o las universidades no hayan hecho su tarea formidable: es que no han sido escuchados más arriba, porque si los hubieran escuchado los dirigentes ciegos, no nos habrían declarado un país minero o con vocación para las palmas aceiteras, sino potencia en ecoturismo de avistamiento de aves. Hay por lo menos 1.930 especies reportadas en Colombia.

Las cifras de esta riqueza latente y poco conocida nos muestran que en el país hay 116 zonas AICA, en un área de más de 9'421.105 hectáreas. Hay 87 especies endémicas (exclusivas de Colombia) y, según el Libro Rojo, unas 140 en doloroso peligro de extinción. Y para sazonar esta árida estadística con algo de lo que entienden los políticos, el ecoturismo por avistamiento de aves en el mundo mueve literalmente miles de millones de dólares al año, trae como corolario la conservación de la naturaleza de los nichos, es sostenible y —bien organizado— le permite sobrevivir a los locales sin talar el bosque.

Quizá por lo anterior, Carlos Mario Wagner, fundador de Mapalina y motor de la Feria Internacional de Aves de Colombia, en Cali, se agarraba la cabeza en las dos manos cuando propuso hace años crear este evento fundamental y tuvo poco eco. Wagner, oriundo del bosque de niebla de San Antonio (hoy una AICA que ayudó a crear a 18 kilómetros de Cali) —empecinado en abrirle los ojos a la gente sobre la belleza de nuestras aves tropicales y el potencial de transformar la mentalidad y aumentar el bienestar de sus vecinos colonos de hacha y rifle— tuvo que darse maña de buscar el reconocimiento de los ornitólogos famosos en el mundo para que fueran ellos los que explicaran lo que para Carlos no necesitaba explicación. Lo salvó la poesía de los pájaros, porque esperó con paciencia de baquiano pajarero, hasta que la logró: la Colombia BirdFair ya lleva tres sesiones y en febrero del 2018 van con seguridad para la cuarta.

La afición de ver pájaros es una experiencia audiovisual que apela a nuestros genes más antiguos: tiene algo del instinto de la caza, pero es también el deleite de cantos y plumajes, la emoción de aprender a distinguir un ave de otra y el encuentro con los arquetipos de vuelo, libertad, música y naturaleza primigenia de la que no nos enseñan los colegios. Todavía podemos escuchar a los sabios de Pueblo Féénemina, la Gente del Centro —mal llamados Muinane—, cuando en las noches de sabiduría aún repiten que Mookani dió origen a las aves para que por medio de los mitos transmitan a sus nietos enseñanzas para vivir bien y en armonía y que este conocimiento de las pintas, el canto y los colores es utilizado por el sabedor para sanar las enfermedades del cuerpo y el espíritu. No estaría mal que a este país lo cure la magia de los pájaros.

 

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