Por: Umberto Eco

En Italia acusan al acusador

Allá en los años 90 escribí una columna sobre algo que me ocurrió cuando La Repubblica celebró su vigésimo aniversario.

Este periódico italiano imprimió un inserto que presentaba artículos publicados 20 años atrás. En un momento de distracción, confundí los reportajes de dos décadas atrás con los nuevos. Tengo que decir en mi defensa que muchas de las noticias viejas eran más o menos lo que esperaríamos leer en un ejemplar actual. No era culpa de La Repubblica; era culpa de Italia. Mientras más cambian las cosas, más iguales son.

En esa columna de los años 90 yo me quejaba de un curioso estado de cosas: en asuntos legales, algunos periódicos tendían a tomar partido por acusados ilustres pero, en lugar de tratar de demostrar su inocencia, ponían en duda la competencia o la honradez de los jueces publicando artículos que eran ambiguos e insinuantes o deliberadamente inculpatorios.

Ahora bien, en teoría, demostrar en un juicio que una acusación está prejuiciada o que de alguna otra manera es injusta sería un buen ejemplo de democracia en funciones. (Si por lo menos fuera posible hacerlo en la farsa de juicios que muchas dictaduras montan como espectáculo). Pero en una sociedad en la que no sólo la acusación sino también el juez pueden deslegitimarse sistemáticamente, a priori, es evidente que algo no está funcionando. O la justicia no está funcionando o los equipos de la defensa no están funcionando.

No obstante, eso es lo que hemos estado viendo en Italia desde hace tiempo. La primera medida del acusado no es abrir agujeros en la evidencia que haya en su contra, sino demostrarle al público que el acusador no está por encima de toda sospecha. Si el acusado tiene éxito en esta empresa, el curso del juicio en sí pasa a ser secundario. Después de todo, el factor decisivo en los juicios televisados es la opinión pública. El pueblo, en gran medida, tiene poca fe en las autoridades encargadas de investigar y muchas veces tiene el poder de convencer al jurado de que sería muy impopular tomar partido por esas autoridades.

De ahí que el juicio ya no sea un debate entre dos partes que presentan evidencias y contraevidencias. Es un duelo mediático —que incluso puede empezar antes del juicio— en el que los acusados pueden cuestionar el derecho del fiscal a acusarlos y el del juez a juzgarlos.

Si podemos demostrar que nuestro acusador es adúltero o tiene otros pecados y delitos en su pasado —aunque no tengan nada que ver con el juicio— ya ganamos. En el caso del juez, al parecer no es ni siquiera necesario demostrar fehacientemente que ha cometido un delito. Las insinuaciones son un arma increíblemente poderosa. Basta con fotografiar al juez lanzando la colilla de su cigarrillo al suelo o señalar sus calcetines color turquesa como evidencia de mal gusto en el vestir... y estos dos incidentes han sucedido. Esto modifica el equilibrio de poder: el juez se convierte en acusado debido a la insinuación de que es una persona extraña o indigna de confianza, cuyos defectos lo hacen incompatible con su cargo.

Dado que esta táctica ha persistido tantos años, vista en la superficie podría parecer efectiva. Por otro lado, puede suscitar los peores instintos de una persona normal. Por ejemplo, alguien a quien lo multan por estacionarse indebidamente podría inspirarse y tratar de acusar al agente de tránsito de actuar por despecho, por tenerle envidia a las personas propietarias de un BMW... quizá hasta de ser comunista. Ahora, el sujeto de cualquier investigación empieza a sentirse como Joseph K en El proceso de Kafka: inocente pero enfrentado a un sistema judicial paranoico e impenetrable.


Lo dije hace años y lo vuelvo a decir. Recuerde esto la próxima vez que alguien lo atrape con las manos en la masa o —¿por qué detenernos en eso?— cuando soborne al policía que lo haya atrapado partiéndole el cráneo en dos a su abuela con un hacha: no se moleste en lavar la sangre ni trate de buscarse una coartada absurda. Lo único que tiene que hacer es demostrar que, 10 años atrás, el policía que lo atrapó con las manos en la masa (o tomando el mango del hacha) no pagó impuestos por un pastel de Navidad que recibió como regalo de alguna empresa. Y se anota puntos extra si puede despertar la sospecha de que el policía y el director general de la empresa alguna vez fueron amigos.
2013 Umberto Eco/L’Espresso
 

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