Por: Mauricio Rubio

En la educación francesa, ser rico paga

Las críticas al programa Ser Pilo Paga han sido parcializadas y maniqueas.

Al terminar bachillerato me fui a estudiar becado por el gobierno francés. Cuando llegué al INSA de Toulouse, una escuela de ingenieros, supe que no era la mejor opción disponible. “Debiste hacer la prépa (escuela preparatoria) y luego presentar los concursos para las grandes écoles”, me dijo un compañero que había considerado esa opción. Él, hijo de campesinos, había desistido porque “eso es para ricos”. Quedé frustrado por estar donde ser pilo no pagaba tanto, e intrigado por ese derrotismo a pesar del acceso a la educación superior pública y gratuita.

La lección sobre el sistema educativo francés quedó tan marcada que logré transmitir a mis hijos la necesidad de hacer la prépa, dos años escueleros e intensos después del bachillerato que definen el futuro profesional. El camino alterno, la Fac, es solitario y culebrero; lo resisten básicamente personas muy motivadas y conectadas desde antes, por ejemplo, por familias de arquitectos, médicos o abogados. También lo aprovechan quienes alargan indefinidamente unos estudios mediocres para recibir subsidios, como ayudas para el alquiler.

Es un misterio que sólo una minoría elija la opción premium. La razón es que, en últimas, la universidad importa poco. El sendero hacia la formación rigurosa y los mejores empleos empieza en jardín infantil. En la democrática Francia, sólo se ingresa a grande école si se ha hecho una excelente prepá que a su vez exige bachillerato en un liceo de altísimo nivel, al que conduce un colegio especial… y así, en cadena hacia atrás hasta residir en barrios exclusivos para que los hijos tengan acceso a una escuela pública de excelente calidad en el vecindario.

Un estudio reciente sobre la prestigiosa École Polytechnique, estrella de la educación estatal desde Napoleón, ilustra ese camino tan poco igualitario. Para acceder a la cúspide académica sirve tener familia rica, ser hombre, haber hecho bachillerato y prepá en un establecimiento público pijo, como Louis Legrand en Paris V, o Sainte Géneviève en Versalles, privado. Mientras los estudiantes con raíces obreras son casi un tercio del total, apenas alcanzan el 1% en Polytechnique. Un candidato varón tiene el doble de chances de ser admitido que una mujer. La sobrerrepresentación geográfica de París es cercana al 50%. El equivalente colombiano de este exclusivo club sería algo como Uniandes —en instalaciones, estudiantes y cuerpo docente— con mayoría de hombres provenientes de colegio estrato 6 bogotano, por ejemplo, el Gimnasio Moderno, que pagan matrícula simbólica, disfrutan alojamiento y alimentación subsidiados y, encima, reciben una mensualidad por prestarle servicios a la patria. Vive l’égalité!

Los concursos que mi amigo del INSA renunció a presentar no son el principio de una educación de punta, sino esencialmente la llegada. Es usual el comentario entre alumnos y egresados que apenas se entra a una grande école baja el ritmo de trabajo: ya se es parte de la élite, la de siempre. Los discursos de bienvenida lo hacen explícito.

Aunque se creía que la clase social afectaba los resultados de los concursos por las pruebas de francés, también lo hace por las materias científicas, que diferencian drásticamente a los estudiantes ricos del resto. El citado estudio ofrece una explicación rococó, “la relación estética con las matemáticas”, que no aclara gran cosa, ni siquiera las discrepancias por género. Lo más conmovedor es que ya se formó un comité de egresados de Polytechnique para reflexionar sobre eventuales soluciones al “ensimismamiento” de su alma mater. O sea, la élite cavilando sobre cómo tener más competencia.

Además de discutir las finanzas de la educación pública, o evaluar su calidad, conviene no perder perspectiva del conjunto, desde kindergarden, y preguntarse si quienes reciben subsidios en cualquier nivel realmente los necesitan, un ejercicio fallido en Colombia en frentes como salud, pensiones y justicia. Si Ser Pilo Paga está subsidiando universidades privadas, la oposición al programa no ha desmenuzado esas cuentas, limitándose a defender dogmáticamente las públicas. La lucha de principios con información confusa impide hacer ajustes sin tirar todo por la borda ni perjudicar gente estudiosa beneficiaria. Generación E, la respuesta del nuevo Gobierno ante las protestas estudiantiles —la infancia no vota ni sale a marchar—, tampoco aborda el origen del problema.

Se debería revertir la carga de la prueba implícita en el “gratuita para todos” de la educación pública: sin duda en Colombia hay estudiantes que, como en Polytechnique, reciben subsidios estatales sin necesitarlos, agravando la inequidad de un sistema demasiado clasista desde la base. Afirmar que la educación superior debe ser pública pasa por alto el hecho que las mejores universidades del mundo son privadas, en extremo selectivas, exigen antecedentes académicos excluyentes, disponen de ayudas sólo para quienes demuestren merecerlas, pero al menos garantizan que los ricos sí pagan.

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