Por: Gonzalo Silva Rivas
Notas al vuelo

En la estratósfera

El sueño de visitar el espacio exterior, aquella inescrutable superficie que se esparce más allá de la atmósfera terrestre, es una posibilidad cada vez más real para el viajero corriente. La fantasía de orbitar la tierra, cruzar estrellas y contemplar auroras boreales, reservada para astronautas y películas de ficción, empieza a mover la industria del turismo, donde un puñado de compañías le mete el hombro al diseño y creación de naves y estaciones de hospedaje, y desde ya reserva planes comerciales enfocados hacia un variado mercado de experiencias.

El agigantado avance de la ciencia y la tecnología, surgido desde los años 50 del siglo pasado con el arranque de la carrera espacial entre Estados Unidos y Rusia, abre las puertas a esta modalidad turística, que toma forma a través de iniciativas empresariales privadas, varias de las cuales tienen facturadas las primeras sillas. Un reporte de la Administración Federal de la Aviación estadounidense augura que el turismo espacial podría transformarse en una industria de varios miles de millones de dólares para las próximas dos décadas.

La propuesta de llevar turistas a orbitar el espacio florece a raíz de la desintegración de la URSS y la posterior crisis económica que sacudió al país y obligó a Moscú a considerar alternativas que le permitieran obtener ingresos para equilibrar balanzas. Puso los ojos en el transporte espacial para financiar proyectos en el sector y se lanzó a la conquista de personas adineradas dispuestas a participar en los viajes, a fin de costear parte o la totalidad del lanzamiento de cada cápsula. En 2001, uno de ellos, el multimillonario gringo Dennis Tito, exingeniero de la NASA, fue el primero en viajar ocho días hasta la Estación Espacial Internacional (ISS por sus siglas en inglés), luego de desembolsar US$20 millones.

Tras de Tito, y en sus mismas condiciones, viajaron en la pasada década otros seis privilegiados pasajeros, entre ellos la única mujer, la estadounidense de origen iraní Anousheh Ansari, y el ingeniero húngaro Charles Simonyl, supervisor de la suite ofimática Microsoft Office, quien se ha dado el lujo de repetir la hazaña. Otro turista, el sudafricano Mark Shuttleworth, abordó la cápsula Soyuz e incluso pretendió comprarla tras su aterrizaje, solicitud que le fue negada ante el riesgo de una eventual transferencia tecnológica.

Los viajes pioneros generaron tensiones con la NASA y amenazaron con frenar la construcción de la ISS, una estación espacial permanente situada en la órbita alrededor de la Tierra, a 400 km de altura, programa en el que participaron Estados Unidos, Rusia, Japón, Canadá y la Agencia Espacial Europea. La NASA calificó la presencia de particulares como caprichos de excéntricos y para evitar impases Rusia la maquilló con consideraciones científicas. Allanadas las tensiones se trazó el camino a lo que se perfila hoy como el punto de partida del mercado turístico espacial.

Los proyectos para llevar turistas al espacio con fines recreativos o de placer se ventilan en los catálogos de algunas empresas privadas que ofertan variadas propuestas de viaje. Virgin Galactic, una de ellas, prevé para finales de año realizar su primer viaje turístico de seis minutos por la órbita terrestre a un costo de $US250.000 dólares. Blue Origin, propiedad de Jeff Bezos, fundador y director ejecutivo de Amazon, anuncia la programación de viajes para clientes que estén dispuestos a vivir la experiencia de los astronautas.

A la caza de viajeros sin formación espacial se suman otras compañías como Space Adventures, que por US$200.000 ofrece planes dentro de los límites del espacio exterior, a más de 100.000 metros de altura, en cápsulas para 12 pasajeros, o vueltas de ocho días a la luna hasta por US$100 millones. La agencia espacial rusa Roscosmos prevé para 2020 lanzar una nave para seis turistas, con un valor por persona de US$250.000.

La compañía Orion Span, por su parte, anuncia en su sitio web que para 2021 planea abrir la estación Aurora Station, que funcionaría como el primer hotel espacial de lujo. Su tarifa de US$10 millones les permitirá a los huéspedes disfrutar, cómodamente instalados en las infinitas alturas, no solo de 16 amaneceres y atardeceres por día, sino de un programa de entrenamiento espacial por tres meses.

Experimentar la sensación de ingravidez y disponer de la más extraordinaria visión del planeta, orbitando a su alrededor, forma parte de la diversidad de propuestas espaciales que se toma el mercado turístico. Pero mientras los tours interplanetarios se popularizan, solo quienes estén dispuestos a sacar del bolsillo un costalado de dólares podrán darse el lujo de hacer posible este sueño. La inmensa mayoría de la población, entre tanto, seguirá veraneando con los pies bien puestos en la Tierra, así los costos de los pasajes aéreos estén literalmente en la estratósfera.

gsilvarivas@gmail.com

@Gsilvar5

 

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