Por: Fernando Araújo Vélez

En La menor

Los dos argentinos aparecieron por aquella velada en Teusaquillo porque tenían una guitarra.

Nada más que por eso. Es que nos gustan las guitarreadas, dijo uno de ellos, con el perfil parecido a Gandhi, las manos largas y afiladas, y unas gafas redondas y antiguas que le daban  una imagen de profesor de lingüística. El otro, un poco más pesado, con el pelo negro retinto y facciones fuertes, no musitó palabra. Asentía a todo y esbozaba una tenue sonrisa ante cualquier comentario, por sombrío que fuera o pareciera. Más tarde comprendimos que sus sonrisas no eran de ignorancia o de incomprensión, sino un sello.

Pasadas las vehementes discusiones sobre política, fútbol, música y cine, con algunos tintes del Che diseminados entre frase y frase, don Gandhi tomó la guitarra y ensayó uno que otro tono. Esperaba que de pronto, por obra y gracia de sus acordes, las conversaciones se diluyeran. Cuando todo fue silencio, comenzó a interpretar de la forma más desprolija posibles canciones de Silvio Rodríguez, Los amores cobardes no llegan a amores ni a historias, se quedan allí, ni el recuerdo los puede salvar ni el mejor orador conjugar. Sus manos, el ritmo, sus dedos, los tonos y su voz, cada cosa iba por un camino distinto. Nada encajaba. Como diría tiempo después una de las invitadas, el tipo no afinaba ni hablando.

 Luego le pasó la guitarra a su amigo, que la agarró con su eterna sonrisa. Quiso decir que él no iba a cantar nada elaborado, o sea, cero Silvio Rodríguez, cero Serrat. Sin embargo, no terminó su frase porque a alguno de sus oyentes se le ocurrió aplaudir, y tras su aplauso surgieron otros, espontáneos, algo ligeros, y enigmáticos. Puro contagio. Don sonrisas rasgó las cuerdas con absoluta parsimonia, tan lento, que en vez de un acompasado golpe de varios tonos sonaron todos y cada uno de esos tonos. Repitió sus movimientos tres veces más, en La menor, siempre en La menor. Entonces comenzó a cantar que la vaaaaaaaaaaca llegaaaaaaaba del paaaastizaaaaaal por el sendeeeeeeero de tieeeeerraaaaa de los abueeeeeelooooos. Yo me suicido, dijo una señora, pero terminó de escucharlo, sólo para preguntarle por qué esas canciones, por qué esa lentitud. Porque en la Patagonia, de donde yo vengo, que una vaca aparezca y camine es el mayor de los sucesos, le respondió el hombre.

 

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