Por: Eduardo Barajas Sandoval

En la venta de ilusiones

Quien logra convencer a un pueblo de las ficciones que le propone, puede tener ganada una porción de seguridad para su mandato y de pronto un lugar en la historia.

Las convicciones nacionales son con frecuencia mucho más fuertes, y casi más importantes, que los hechos. La idea que cada nación tenga de sí misma, y de sus posibilidades, llega a ser tan relevante que se convierte en una especie de patrimonio colectivo que adquiere en el alma de la gente visos de realidad.

Una de las habilidades innatas de los populistas, y de los dictadores, es la de conseguir precisamente ese punto de conexión con los ciudadanos, que se creen representados en determinada interpretación de los hechos, de la historia o del futuro, al punto del ejemplo clásico de aceptar vivir en condiciones de indignidad, a nombre de la dignidad.

Las versiones del ejercicio cambian de tiempo en tiempo y de lugar en lugar, al ritmo del interés de gobernantes que de manera instintiva quieren acortar el camino del éxito y acopiar cuanto antes el apoyo popular. Ahora estamos viendo cómo, si no puedas derrotar a tu adversario en el campo de batalla, acaba con él en la pantalla; así llegarás a vencerlo al menos en la fe de los tuyos, que es lo importante. Y cuando tus realizaciones no convoquen el apoyo general, invéntate alguna causa que produzca el asombro colectivo en torno a una aspiración nacional.

Como uno de los sueños impuestos a los saudíes es el de derrotar a los iraníes, el emergente hombre fuerte del país ya lo ha hecho en las pantallas de los juegos de computador. Por eso circula un juego de guerra en el que, bajo su mando y desde un escritorio solemne, sus tropas hacen pedazos a las de la República Islámica y entran victoriosas a controlar nada menos que Teherán, en medio de una supuesta aclamación popular. Y como los estadounidenses necesitan nuevos sueños colectivos, ante la grave falta de apoyo del gobernante federal, y frente al muro de la dificultad de cosechar éxitos en este planeta, se les abre otra vez la puerta de la luna y de nuevos planetas por conquistar.

El invento de las ficciones y las aventuras de prestigio no son nada nuevo. Siempre han existido propósitos en busca de metas significativas en uno u otro campo, que no solamente implican y demuestran poderío nacional, sino que convencen a la gente de pertenecer no solo a una potencia, sino a una gran civilización.  Así sucedió con la carrera espacial entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, que sin perjuicio de los beneficios científicos de las vueltas tripuladas a la tierra o el alunizaje, permitió a cada parte conquistar el alma de la gente, que se sintió vinculada a causas magnas, curiosamente desaparecidas del escenario con el desmonte del esquema de la Guerra Fría. 

Esos ejercicios, como los de las potencias que desataron las dos guerras mundiales, fueron una versión siglo XX de lo que otrora hicieran los faraones, los gobernantes de Persépolis y de Babilonia, y los de Rodas y muchos otros lugares, con sus obras monumentales o sus campañas estrictamente innecesarias desde el punto de vista de las necesidades inmediatas de sus pueblos, pero indispensables para ganarse sus alma por la vía de las convicciones sobre sus posibilidades y las misiones propias de su destino.

El panorama del siglo XXI presenta, no obstante, un contexto distinto del de otras épocas. Los Estados no son ya los únicos dueños de los medios de difusión, que se han diseminado por toda la sociedad. Ya no controlan entonces exclusivamente las opciones de interpretación de la realidad y la construcción de sueños colectivos. Ahora existen tantas opciones de oposición a los propósitos, las interpretaciones y las “verdades oficiales”, cuantos canales abiertos existan para millones de individuos en las redes sociales. Así que las prácticas de animación de discursos políticos de mediados del siglo pasado tendrán espacio solamente en sociedades atrasadas.

El gran escenario de la opinión, y de los sentimientos nacionales, presenta en los Estados Unidos un panorama que exigirá de los inventores de nuevas ilusiones nacionales mucho trabajo e imaginación. La misma aparente inocuidad de una carrera espacial que no terminó en las realizaciones que se esperaban, hace sesenta años, se puede convertir en factor de incredulidad, o falta de entusiasmo, respecto de las propuestas de hoy. Máxime cuando el propio lema del presidente se vincula inevitablemente con el pasado: “América grande otra vez”.

Mejores posibilidades de éxito puede tener la campaña de los saudíes, en un país en el que las redes sociales no tienen todavía la fuerza suficiente para convertirse en un factor definitivo de oposición. De manera que la ficción de Salman se puede abrir paso más fácilmente en un país cuyo espectro cultural comprende al mismo tiempo manifestaciones expresas de los siglos XIX, XX y XXI, según se trate respectivamente de las regulaciones sobre el papel y las opciones de la mujer en la sociedad, el manejo de la industria petrolera y la inoculación programada de sentimientos victoriosos de grandeza nacional, por el sendero de la tecnología contemporánea. Aunque por ese mismo camino se puede gestar una resaca de consecuencias impredecibles.

Tanto la propuesta de barrios en la luna y estaciones en Marte, como la victoria contundente, con ocupación de la capital enemiga en medio de las aclamaciones de los vencidos, seguramente van a encontrar réplicas en otros países, empeñados en descubrir y animar sueños colectivos como mecanismo de unidad nacional. La tarea es encontrar cuál sería la causa en torno a la cual se podría construir una u otra propuesta capaz de convencer a la gran masa ciudadana de inciertas opciones de grandeza. El peligro es que ese es el clima más favorable a la propagación de la semilla, infértil, del populismo.

 

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