Por: Juan Gabriel Vásquez

En la zona de Mathias Enard

A MATHIAS ENARD LO CONOCÍ HACE casi diez años, cuando los dos conspirábamos con otra gente de Barcelona para sacar, mensualmente, una revista llamada Lateral.

La revista cerró en 2005 (juro que no fue por nuestra culpa), pero eso nos quedará siempre: el recuerdo de los Consejos de redacción, unas reuniones caóticas que se programaban el primer lunes de cada mes, que debían durar un par de horas y acababan terminando otras tres horas después, y no en las oficinas de la revista, sino en alguna cervecería vecina. La primera impresión que me dio Mathias fue la de haber vivido más de una vida: hablaba de Irán y del Líbano y de la guerra civil en el Líbano con la propiedad de un corresponsal, para luego recitar algún poema persa. Su español no era menos preciso que su francés natal, y luego, viéndolo hablar con su mujer (Ana Gil, extraordinaria traductora del árabe), descubrí que esa precisión se extendía también al catalán. Pero nada de lo anterior me permitía sospechar que Mathias fuera, encima, un gran novelista. Y entonces leí La perfección del tiro.

Es la historia, contada en 150 páginas, de un combatiente de la guerra libanesa, aunque los topónimos en esta novela brillen por su ausencia. “Lo más importante es el aliento”, nos dice este francotirador de dieciocho años, como si hablara de un buen golpe de tenis y no de meterle una bala en el cuerpo a un civil inocente. Y a eso asiste el lector: a la narración de un hombre anestesiado por la violencia, un monstruo capaz al mismo tiempo de actos de frialdad criminal y de inmensa ternura. Después de pasar un buen rato en su cabeza, los lectores sentimos algo que se parece mucho a la empatía, y eso es terriblemente incómodo. Cuando presenté el libro en Barcelona, dije: “Mathias Enard no nos pide simplemente suspender nuestra incredulidad: nos pide suspender nuestra moralidad, lo cual es más difícil y, al mismo tiempo, más interesante”. Del asesinato como una de las bellas artes, podría titularse este libro, si no fuera porque el título ya se lo pidió De Quincey y porque la novela de Mathias Enard es bastante menos frívola.

Así que ahora, cuando leo en Arcadia la nota de Catalina Gómez sobre la última novela de Mathias Enard, siento una rara satisfacción: los lectores colombianos podrán leer una de las grandes novelas de mi generación en cualquier lengua. Su escueto título es Zona; su narrador, un espía medio francés destinado a la región mediterránea y que por lo tanto ha visto más de un horror durante su vida, de Argelia a los Balcanes; su escenario inmediato, un tren que lleva al espía de Milán a Roma para que pueda entregar en el Vaticano un maletín de contenido misterioso. A lo largo del viaje el narrador recuerda su vida llena de excesos y violencia y también la vida, violenta y excesiva, de otros hombres: militares como el español fascista Millán Astray, poetas como el norteamericano fascistoide Ezra Pound. Y lo hace en una sola frase, una sola frase de 400 páginas, interrumpida únicamente por los capítulos del libro que el espía va leyendo. Parece una mera osadía formal, pero no es así: los lectores verán con qué facilidad se encabalga uno sobre el monólogo desquiciado del espía, con qué fascinación se deja uno llevar por su respiración.

Lo más importante es el aliento. Y Zona lo tiene a raudales.

 

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