Por: Augusto Trujillo Muñoz

En las grandes ligas

Hace cinco o seis décadas el fútbol, en Colombia, no era un deporte de masas.

Ya había equipos profesionales con grandes figuras extranjeras. Santafé se había coronado campeón, por lo cual Millonarios se impuso el propósito de conformar el mejor equipo del país. Fueron su base los argentinos Pedernera y Di Stefano, el peruano Soria, el uruguayo Pini, entre otros. Solo había dos colombianos en su nómina: El “cobo” Zuluaga, quien fue su capitán, y Gabriel Ochoa, tal vez su arquero suplente, que luego se hizo médico y más tarde fungió como técnico de la selección Colombia.

Sin embargo, el deporte nacional no era el fútbol sino el ciclismo. La “vuelta a Colombia”, cuya primera versión se corrió en 1951, convocó multitudes en las calles de las ciudades, en las carreteras, en las ceremonias de premiación. Carlos Arturo Rueda, la mejor voz deportiva que ha tenido el país, paralizaba toda actividad, mientras los colombianos proyectaran sobre la geografía nacional borbotones de patriotismo cívico. Las hazañas de Efraín Forero, Ramón Hoyos, Hernán Medina, Rubén Darío Gómez, Roberto Buitrago, Martín Emilio Rodríguez, Pedro J. Sánchez, Javier Suárez, Pablo Hernández, en fin, constituyeron la mayor epopeya deportiva de la historia colombiana.

Por los años setentas el evento comenzó a desdibujarse, aunque algunos de sus participantes registraron verdaderas hazañas. Rafael Antonio Niño y José Patrocinio Jiménez; Fabio Parra, Alfonso Flórez y Lucho Herrera en los ochentas. La vuelta alcanzó a mencionarse como la cuarta competencia del mundo en importancia, después del Tour de Francia, el giro de Italia y la vuelta a España. Pero el espectáculo dominical de los estadios, comenzó a superar la competencia anual de las carreteras. Y el fútbol creció. Sin embargo sus altibajos aún nos impiden ingresar a las grandes ligas.

Es curioso: la selección nacional que más satisfacciones dio a los colombianos fue la que –en Chile 1962- empató con la Unión Soviética. Las otras dejaron más desilusión que regocijo. La que compitió en el mundial de Estados Unidos produjo la más grande frustración colectiva de toda nuestra historia. Sus técnicos y jugadores quedaron en deuda con los colombianos. Nuca saldaron semejante pasivo ni Maturana, ni Bolillo, ni Valderrama, a quienes el país otorgó honores en exceso.

Ahora el ciclismo resurge en los pedales de Nairo Quintana, de Rigoberto Urán, de Julián Arredondo. En lo que va corrido del siglo xxi la lucha solitaria de Santiago Botero nos generó complacencias. Pero hoy tenemos todo un equipo de grandes. Fabio Duarte, Leonardo Duque, Sebastián Henao, muestran un sendero a tantos jóvenes que pueden encontrar en el ciclismo un proyecto de vida.

Pero además el ciclismo –como lo escribe Hector Abad en su columna de este diario (junio1/14)- es un deporte que se practica en la calle. Todos los demás se volvieron exclusivos, excluyentes, costosos. En el ciclismo no hay que pagar por el espacio. Ni para practicarlo, ni para presenciarlo. Sigue siendo un deporte para el que lo desee, para cualquiera, para todos. Y eso también es clave para construir cultura democrática. Cómo le hacen a Colombia espacios físicos y ámbitos espirituales en que quepamos todos.

*Ex senador, profesor universitario, @inefable1


 

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