Por: Juan David Ochoa

En nombre de Dios

Otra bomba estalla en Medio Oriente. Ha sido, otra vez, como en la larga intensidad del fanatismo, otro pretexto suicida para alabar y mantener la lealtad a Alá y a su libro sagrado.

El ex comandante del ejército Walid Badr, decidió inmolarse en nombre la máxima virtud, por su gloria  y por la gloria de Egipto. En un video de 31 minutos filmado poco tiempo antes del estruendo, se atribuye el atentado contra el ministro del interior Mohamed Ibrahim, quien a pesar de recibir todo el golpe del impacto, mientras su caravana avanzaba lerda por un barrio de Medina Naser, pudo salir inexplicablemente ileso. El bombazo dejó en la escena un muerto y 22 heridos.  Las especulaciones iniciaron. La más obvia resaltaba una posible venganza contra el desalojo violento de la hermandad Musulmana por parte del gobierno de facto,  por las campañas continuas de desprestigio a la que fue sometida después del golpe militar que desligó a la religión oficial de su bastión y de su trono, y por la implantación progresiva de un gobierno con tendencia al laicismo. Pero fue después de la publicación del video cuando las dudas fueron despejadas. La razón del atentado no estaba dirigida estrictamente contra el nuevo gobierno, sino contra los mismos Hermanos Musulmanes por haber creído en las ideas democráticas. El atentado era un mensaje directo: el Islam no quiere tolerancia ni consensos, quiere la estricta aplicación de la Ley Islámica (Sharia) sobre la vida política de Egipto.

Occidente escucha y lee la noticia, estupefacto. El pavor por los niveles del fervor criminal con el que  medio Oriente entiende y concibe su vida política se exhibe en los medios con la lástima propia del moralismo que ha llevado siempre la bandera de los juicios, el mismo moralismo católico que se percibe así mismo inmaculado y exento de la falla y del vicio, el que concibe lo demás como una escoria de ideas erráticas, la misma que ha querido extinguir con el fuego o el empalamiento o la deshonra de la excomunión.  Lo curioso es que el pavor de Occidente ante la decadencia oriental quiera imponerse ahora en el supuesto de creerse superior en el tiempo por la evolución de sus métodos, cuando sus métodos  actuales de fogosidad son justamente sacrificios tan sutiles que en la práctica producen catástrofes exactas en términos de espanto. 

Pareciera que fuera innecesario citar la obviedad de los ejemplos, tan contumaces en el diario nacional. Pero si hay indicios claros de fanáticos dispuestos a abrogar incluso su cordura y su funcionalidad por fines ilusorios y románticos, aunque su propia libertad quede en peligro y la estructura de un país entero se destroce, como lo haría exactamente igual, aunque en segmentos, la ondulación salvaje de una bomba, están en los mismos nombres que pretenden conducir a este país perdido a los suburbios de la humillación.

La estrella sigue siendo, por supuesto, el neurasténico perseguidor Alejandro Ordóñez y su horda de vasallos tan dispuestos a acabar con los restos de un estado democrático para implantar la imposición de la bondad absolutoria, aunque en secreto agonicen los paganos, los disidentes, los ateos, los judíos, los homosexuales, los zurdos, los escépticos, los hedonistas, los Petristas, los maniqueos, los Nietzscheanos, las feministas, los socialdemócratas, los postmodernos. Aunque se callen todos y se desintegren, al fin, en nombre de Dios y de la Virgen, entre las bombas mudas de la bienaventuranza.

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