Por: Ramiro Bejarano Guzmán

En pelea de compadres

QUIÉN LO CREYERA, URIBE Y EL MÁximo jerarca de la Iglesia Católica, monseñor Rubén Salazar, terminaron agarrados, paradójicamente por la intervención en asuntos de Estado del prelado, es decir, por la misma razón por la que estuvieron haciéndose mutuos favores durante los siniestros ocho años del corrupto régimen de la seguridad democrática.

Para nadie es un secreto que Uribe les permitió toda clase de abusos en materia de intervención en política a los jerarcas católicos, y a cambio de ello éstos lo apoyaron permanentemente, y hasta guardaron silencio frente a la corrupción del régimen, que al parecer por fin también impresionó a monseñor Salazar, según nos enteramos por una de sus homilías de Semana Santa.

Ahora a Uribe le parece que monseñor Salazar no puede intervenir en los asuntos públicos y políticos, como sí lo hicieron con absoluta libertad cardenales, obispos y curas católicos en su gobierno. Al altanero exmandatario no se le puede haber olvidado que fue la jerarquía católica la que apoyó abiertamente su primera reelección, y hasta la segunda siempre que hiciera una pausa, como lo propuso el “constitucionalista” cardenal Rubiano, sin que entonces al agradecido presidente se le hubiera ocurrido protestar por la intromisión que alteró la regla de convivencia de sostener un Estado laico.

Tan buena fue la relación Uribe-Iglesia Católica, que nunca se oyó a uno solo de los prelados criticar al Gobierno por el complot que montó contra la Corte Suprema de Justicia o por las “chuzadas” y seguimientos ilegales a magistrados, opositores y críticos, o por la adjudicación a los hijos del presidente de una zona franca, y ni siquiera por el escándalo de los AIS. Entonces a José Obdulio no se le ocurría pedir a los monseñores con los que tertuliaba y diseñaba el Estado confesional que nos dejaron, que se ocupara de las Siete Palabras, como vino a hacerlo ahora, sólo porque monseñor Salazar sugirió lo que muchos creemos: que en vez de que estén injustamente presos mi distinguida y pulcra exalumna Eugenia Méndez, Camila Reyes y Óscar Schroeder por los AIS, debería estar respondiendo judicialmente el propio Uribe y los particulares que como sus aliados políticos se lucraron indebidamente de tales recursos públicos.

Todos esos actos y muchos otros más, expresiones de la más innoble y agresiva corrupción, fueron tolerados por una iglesia que fue recompensada por el régimen de muchas maneras. Por ejemplo, el Gobierno de Uribe restableció la educación religiosa en las escuelas públicas y dio pasos seguros para restablecer el confesionalismo. Gracias a estas audacias se estableció el eje Vaticano-Casa de Nari, al que tanto provecho le sacó Uribe, y por cuenta del cual casi decapita a Juan Pablo II, cuando a la fuerza pretendió clavarle un horroroso carriel que creyó le hacia juego con la Capilla Sixtina.

Después de los años dorados de esta santa alianza que sirvió para todo, era impensable este desencuentro entre Uribe y la cúpula de la poderosa Iglesia Católica. A lo mejor Uribe creerá que la iglesia a la que tanto le dio es desagradecida y oportunista, y ésta a su turno también estará pensando igual del expresidente que tanto beneficio le significó el incienso y el rezo no sólo al embalsamado padre Marianito.

Adenda. Según los wikileaks, Andrés Pastrana afirmaba en la Embajada americana que el entonces gobernador del Valle, Angelino Garzón, no apoyaría el TLC con los Estados Unidos. Raro que el locuaz Vicepresidente, que habla hasta de fútbol y que hoy se da golpes de pecho por el TLC, esta vez, cuando lo han dejado al descubierto, se haya quedado calladito.

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