Por: Sergio Otálora Montenegro

¿En qué se parecen Yidis y la Cruz Roja?

EN ESTOS MOMENTOS HAY UN PELIgro aterrador: estamos preparados, maduros, para aceptar una dictadura “con corazón grande”. Se borraron los límites, casi cualquier cosa es legítima, válida, en aras de pulverizar al enemigo. Somos como la madre sufrida que mira para otro lado, o se encomienda a la Virgen, cuando sabe que su hijo crápula anda en malos pasos. O peor: alega que todo lo que dicen de su muchacho es mentira.

Durante los años de las sangrientas dictaduras del Cono Sur, las clases medias urbanas justificaban el atropello como una forma inapelable de salvar al país del caos y el comunismo. Y ensalzaban a los déspotas  sin ningún pudor: con Videla, Buenos Aires nunca había sido más segura, sin raponeros ni asaltantes. Ni hablar de Pinochet: bonanza económica, tranquilidad en Santiago, supermercados repletos. Los desaparecidos, los torturados, los homicidios políticos, la persecución, no eran motivo de escándalo para quienes, en medio de su egoísmo visceral y sus hondos prejuicios ideológicos, minimizaban los hechos o simplemente los despreciaban al considerarlos propaganda negra de apátridas.

Los magos de la imagen en Palacio, saben muy bien que un amplio sector de la población, desesperado por la violencia, sitiado por la inseguridad, le ha dado a este gobierno un generoso cheque en blanco. No importa, presidente, siga adelante, barra con quien haya que barrer, para limpiar al país de las ratas. Todo mal es menor, ante los retos de la guerrilla y sus secuaces. Ésas son las frases de combate que justifican, a veces con tintes fascistas, a veces con inocultable cinismo, cualquier conducta, por más torcida que sea.

Fuera de los defensores de derechos humanos y de algunas ONG europeas y norteamericanas, a quién le importa de verdad que exista un Congreso manchado por la ignominia paramilitar, que casi la totalidad de la bancada uribista esté comprometida en alianzas con criminales, que hayamos violado de manera flagrante y escandalosa la frontera con Ecuador para liquidar a un comandante subversivo, o que, por “nerviosismo”, militares del Ejército colombiano portaran, de manera ilegal,  insignias de la Cruz Roja para hacer más verosímil el montaje que terminó en la liberación de 15 rehenes.

Ésas son tonterías, suspicacias, de los opositores. Lo fundamental, es que vamos cuatro-cero, goleada total para las huestes de la sedición, y falta más por venir. Por si acaso, era conveniente sacar de la manga la llamada farcpolítica. Equilibrar las cargas.

Que haya desaparecidos en Colombia, no ocupa un mínimo espacio en la agenda nacional, ante la obligación suprema de arrancar de la selva al resto de secuestrados. Que hace tres días apareciera asesinado un líder sindical y militante del Partido Comunista, en un clásico operativo en el que primero desaparecen a la víctima, después la torturan y luego la matan,  es un caso anecdótico, otro más de la larga lista de ignominias. Que las altas Cortes sean atacadas por todos los flancos (empezando por el poder Ejecutivo) y debilitadas en su misión, es apenas justo, ante sentencias politizadas y torticeras. Que nuestra frágil democracia estalle en mil pedazos con una segunda reelección, es un miedo sin justificación alguna, porque mientras usted no se meta en problemas, puede estar tranquilo.

Para completar el cuadro, Yidis ahora sale empelota, en la portada de una revista, y es objeto de un extenso reportaje, en el que suelta una frase que lo resume casi todo: “Éste es un país de doble moral igual a como la tuve yo en su momento”.

El artículo, en sí mismo, es ya el síntoma más claro de este medio ambiente enrarecido: la mujer está en la cárcel por cometer un grave delito, pero no importa, eso vende. De carambola, dejamos como un cuero, literalmente, a la señora ex congresista. Además, Uribe es invencible.

A menos que recapacitemos como Nación, hoy estamos más listos que nunca para repetir la vieja historia latinoamericana de la barbarie, bajo el manto sagrado del mesianismo.

 

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