Por: Cartas de los lectores

En respuesta a Santiago Gamboa

En respuesta a Santiago Gamboa

Era de esperarse que tras la polémica por la exclusión —casi en su totalidad— de escritoras para representar a Colombia en Francia salieran diferentes personalidades a alimentar el debate acerca de la igualdad de género en la literatura. Santiago Gamboa fue uno de ellos, en una columna titulada “El tercer sexo”. Y hoy deseo responderle.

Es cierto que la literatura no es algo que pueda regirse con leyes. Y si bien las políticas que Gamboa usa de ejemplo, como el caso de Suecia, evidencian que no por incluir mujeres de manera arbitraria se les está dando igualdad de oportunidades, hay un lado del problema que se está dejando en la sombra. Gamboa afirma que el problema radica en los lectores y, por tanto, no importa que oficialmente se publique un número igual de escritores y escritoras, puesto que al final, los lectores siempre elegirán leer a los hombres. Porque para él es una cuestión de gusto, de elección. Implícitamente está afirmando que es un problema de calidad en la literatura escrita por mujeres, pero decirlo abiertamente sería machista, ¿no es así? Y un escritor que vende tanto actualmente no puede echarse esa carga encima.

Pero esta afirmación naturaliza el gusto como algo dado, como si fuera algo con lo que se nace, que no se moldea y que es inmune a la manipulación. Como si demeritar algo escrito por una mujer no tuviera nada que ver con las mismas construcciones sociales que le dan un sueldo menor por hacer el mismo trabajo, o la toman menos en serio por usar una falda. En su columna, Gamboa no solo se lava sus propias manos, se las lava a las editoriales y a las políticas que eligieron a diez hombres frente a ninguna mujer. Porque las editoriales no son mesías inocentes que les otorgan a los lectores aquello que desean leer; las editoriales dictaminan lo que se publica, lo que se difunde y, por tanto, lo que se lee. Al igual que en la mayoría de industrias, la editorial se rige por intereses económicos y políticos. No se puede afirmar que hay menos mujeres que escriban, pero sí que hay menos que se publican. No hace falta sino ver uno de los muchos casos en los que mujeres han tenido que publicar bajo seudónimos masculinos para poder vender sus libros. Y no estoy hablando solo de mujeres de hace dos siglos: la razón por la que conocemos a J.K. Rowling de esta manera es porque bajo su verdadero nombre ninguna editorial estaba dispuesta a publicarla. Y estamos hablando de 1997.

Gamboa llama a una revolución por parte de los lectores. ¿Qué revolución puede darse en un país en el que la mesa de novedades de cualquier librería está ocupada en un 80 % por títulos publicados por hombres? Incluso, aunque un lector desee conocer la obra de una escritora colombiana contemporánea, se verá en apuros encontrando un libro debajo de los títulos de Gamboa, de Silva y de Pablo Montoya. Así que tal vez el problema no es solamente de los lectores.

Isabela Sandoval. Estudiante de literatura.

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