Por: Nicolás Rodríguez

En subida, de afán y con peso

Los resultados comparativos de las comisiones de la verdad no siempre son esperanzadores.

A diferencia de Perú, en Argentina y Chile las comisiones de la verdad se hicieron en el tránsito hacia la democracia. Entre leyes de punto final y discusiones políticas con los militares defensores de las dictaduras, los familiares de los desaparecidos crearon lenguajes y presionaran hacia la búsqueda de las verdades y la justicia.

En Perú la comisión de la verdad tuvo poco tiempo para impulsar lo que al Cono Sur le tomó décadas en lograr. La comisión reconoció el componente racial de las victimizaciones y para la mayoría de los indígenas quechua hablantes los informes de la comisión se convirtieron en sus primeras cédulas de ciudadanía. Pocas semanas después de publicado el reporte final, sin embargo, el país volvió al despreocupado debate sobre la tasa de crecimiento.

La icónica comisión de la verdad de Sudáfrica reconcilió, puso a las víctimas en primera plana y socializó por radio y televisión la barbarie de lo ocurrido en materia de derechos humanos. Sin embargo, no promovió un cambio en los legados sociales del apartheid. Los que se lucraron del sistema sin ser parte directa de los victimarios básicamente pasaron de agache.

Canadá lanzó una comisión de la verdad para el tema de los internados indígenas con los que se quiso terminar de blanquear el proceso civilizatorio. Desde 1874 más de 150.000 niños les fueron arrebatados a sus familias para ser enviados a las escuelas que debían desaprender lo indígena. La comisión les abrió paso a las rutinarias disculpas oficiales, pero no ha habido justicia ni mayores explicaciones para la desaparición de indígenas mujeres, que se cuentan ya en más de 4.000.

En fin, la comisión de la verdad que arranca en Colombia es el sendero correcto hacia un futuro incierto. El clima hostil que le han creado los uribistas y demás opositores a los comisionados dificulta el camino y desorienta la brújula.

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