Por: Fernando Araújo Vélez

En tiempo de lejano pasado

Comenzaron a hablar de él en tiempo de lejano pasado seis meses después de que se hubiera ido con su bicicleta y un morral a recorrer el país.

Nunca escribió una nota, pero eso era normal en él. A veces, mitad en broma, y más en serio, decía como Serrat: “es hermoso partir sin decir adiós, serena la mirada, firme la voz”. Las mujeres que lo oían, solían insultarlo. Ellas querían, necesitaban razones, explicaciones, nombres, fechas. Él les respondía: “Ni yo pedí nacer ni pedí que fuera en Colombia, y ninguna de ustedes paga mis impuestos. Por lo tanto…”. Ese por lo tanto, debatían ellas cuando él se marchaba, podía ser por lo tanto nadie me importa, o la humanidad es un invento que fracasó y en ese sentido no hay a quién tener que rendirle cuentas, o estoy solo y así moriré.

Cuando empezó a largarse así, sin decir adiós, acababa de cumplir 22 años. El revuelo aquella primera vez fue inmenso. Llamadas, policía, recorridos por los hospitales, avisos de prensa, detectives privados. En casa supieron de él 25 días más tarde de su huida. La prima de una tía ausente se había prendado de su indiferencia y había sostenido un tórrido romance de dos noches y mil días con él, como hubiera podido cantar Joaquín Sabina. A la tercera noche le contó a su tía que estaba enamorada de un tipo así y asá que se llamaba Ernesto e iba por el mundo como si el mundo y la vida no existieran, y la tía ausente dio el parte de tranquilidad, más allá de que Ernesto tardara en regresar dos meses más. Con el tiempo, sus viajes y el misterio se volvieron una costumbre, pero siempre, de una u otra forma, una mujer, un amigo, una opaca foto de periódico o un antiguo compañero de estudios les llevaban una señal de su vida a quienes lo esperaban. Así pasaron los años, veintitantos años. Al final ya ni le reprochaban sus ausencias. En tono irónico le decían, sí, ya sabemos, la humanidad es un invento que fracasó. Y se reían y volvían a esperar a que se fuera y retornara. Un mes, dos meses. Tres a lo sumo. Desde su última salida habían transcurrido casi seis meses y nadie había dicho nada. Por eso fue que comenzaron a decir a Ernesto le gustaban los tangos, Ernesto no creía ni en él.  

 

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