Por: Eduardo Barajas Sandoval

En tierra de sincretismos

Al paso que va, es posible que Raúl Castro pase a la historia como el otro transformador de Cuba. No porque vaya a revertir el proceso revolucionario, sino porque de pronto consigue un punto en el que los habitantes de la isla obtengan beneficios en términos tradicionales de la cultura capitalista, sin perder los logros esenciales de las últimas cinco décadas. 

El estilo de gobierno del hermano del Líder de la revolución cubana parece alejarse suficientemente del de su carismático predecesor. Esos encuentros masivos durante horas, en la Plaza de la Revolución o en recintos cerrados, en los que el Comandante en Jefe predicaba sobre los temas más variados, interpretaba la historia del país y daba explicaciones de algunas de sus jugadas políticas, son cosa del pasado. La versión “raulista” del ejercicio del gobierno parece basarse, observada desde la distancia, en hechos más que en palabras. Por ese camino han venido apareciendo decisiones que abren compuertas anteriormente cerradas y que introducen elementos propios de esa cultura social del mundo capitalista, que tan celosamente había sido evitada hasta ahora.

Nadie sabe hasta dónde va a llegar ese proceso de introducción de elementos de la vida cotidiana que se alejan del famoso y generalizado esquema de austeridad con el que tantos cubanos se identifican, y del cual muchos también reniegan. El acceso a la telefonía celular y la entrada libre a los hoteles hasta ahora reservados a los visitantes extranjeros tienen por ahora un valor más simbólico que otra cosa, porque los niveles de ingresos y la inercia de las costumbres de la vida diaria mantendrán alejadas de esas modas y goces, por algún tiempo, a las mayorías.

El atractivo del bienestar ajeno, para no hablar de la opulencia, se convierte en un motor de ilusiones capaz de hacer que una sociedad sometida a restricciones resulte aprovechando cualquier agujero que se abra en el sistema político y económico, para hacer pasar por allí más y más cosas. Esto quiere decir que por el espacio abierto con las nuevas disposiciones es posible que se introduzcan fenómenos complementarios. Por ejemplo, que el flujo de remesas se acreciente y se oriente hacia las actividades ahora permitidas, e invite a otras todavía más nuevas y osadas.

No sabemos si debido al nuevo enfoque de las estrategias del gobierno, o como consecuencia de los avances recientes, los cubanos estén camino de un sistema de mercado más abierto, que se convertiría en oportunidad para que el juego de la iniciativa privada, así sea restringida, termine por ser el principal enemigo del embargo que la Administración de los Estados Unidos se empeña, por su parte, en mantener.

Tampoco sabemos la amplitud de las modificaciones del proceso revolucionario que Raúl Castro esté dispuesto a proponer, o a resistir. Y en ese orden de ideas conviene preguntarse cuál será, y después de qué punto, el momento en el que resuelva que ya se introdujeron reformas suficientes y que es hora de retornar a los parámetros de disciplina y severidad, bajo los cuales han sido criadas generaciones enteras de hijos de la Revolución.

Difícilmente se puede pensar que Raúl esté dispuesto a mover las fichas de manera que se produzca un intento expreso de desmonte del socialismo. Y mucho menos que esté dispuesto a tramitar de una vez esa tremenda materia pendiente que constituye el encuentro entre la Cuba de la isla y la del exilio. Tal vez, por ahora y cuando más, es dable pensar que en Cuba se puede estar gestando un modelo propio que, sin desmontar las ganancias de la revolución en materias sustanciales, cumpla en el mundo del Siglo XXI una función más integrada a los fenómenos económicos y al desarrollo tecnológico, sobre la base de ese potencial basado en su disciplina social, su formación política, su educación científica y su creatividad; en ejercicio de esa capacidad de sincretismo de la cual los cubanos han dado muestras desde siempre.

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