Por: Ramiro Bejarano Guzmán

En tierra derecha

A una semana de las elecciones en las que elegiremos gobernadores, alcaldes, concejales y ediles, tengo la sensación de que en las grandes ciudades, la gente tiene más claro por quién no votará, que por quién estaría dispuesto a votar.

Además del pasado que persigue a muchos de los que quieren repetir curules o cargos y de las alianzas que se han venido facturando entre aspirantes y partidos que antes eran el agua y el aceite, la razón de ese desconcierto, o si se quiere desgano ciudadano, obedece a que los candidatos, pese a que han invertido millonarias sumas en costosas campañas publicitarias que los han hecho visibles, no han conseguido hacerse creíbles y ni siquiera respetables.

¿Alguien recuerda con precisión las bases y propósitos del programa de algún candidato? Me temo que no, al oír los agobiantes debates de los aspirantes a alcaldes de Bogotá, Medellín, Pereira, Cali, concluyo que cualquiera que resulte elegido haría lo mismo, pues son cortados con la misma tijera. La diferencia la hacen las simpatías o antipatías que despierten entre un público que elige por emociones y no por las propuestas.

A ese ambiente de desconcierto, se suma la soterrada intervención de los jerarcas de la iglesia católica y de muchísimos sacerdotes en las campañas políticas, para favorecer a sus amigos antiabortistas y de la ultraderecha, sin que al Gobierno le importe hacer respetar el Concordato celebrado con la Santa Sede, que les prohíbe participar en política partidista. En el Gobierno no hay nadie con cojones ni convicciones laicas para asumir el liderazgo civilista que requiere un país no confesional, porque a unos funcionarios les parece que si lo hacen ofenden para siempre a sus eminentísimas reverencias, que ni perdonan ni olvidan; y a los demás, les produce pánico la necia amenaza de monseñor Córdoba de irse para el infierno, en lo que no les falta razón, porque eso allá debe de estar lleno de curas pederastas. Los últimos domingos —y con seguridad hoy— las homilías se han dedicado a la actividad proselitista, confundiendo e indignando a los feligreses que van en búsqueda de la palabra del Señor y se encuentran con gamonales con sotanas.

Lo de Bogotá es patético. Empezando por Peñalosa, hay que decir que a los votantes nos están dando trato de interdictos, al proponernos que lo elijamos porque lo ordena un expresidente que detesta la capital y los bogotanos. Todo eso sin pedir excusas, porque fue Peñalosa quien se inventó en el temido gobierno de Uribe a Edmundo del Castillo, María del Pilar Hurtado, Elvira Forero, Alicia Arango y Naranjo, para sólo citar algunas perlitas.

Lo de Galán, Luna y Gina, definitivamente no les pegó. La que pareció ingeniosa alianza de Mockus con Gina, terminó en un hostigante club de elogios mutuos de los dos nuevos mejores amigos, que por andar alabándose olvidaron los programas.

Y queda Petro, el puntero en las encuestas creíbles —entre las cuales por supuesto no clasifican las de Datexco—, que sin embargo no nos ha convencido de su tardío y tibio arrepentimiento por haber hecho procurador a Alejandro Ordóñez.

La regla, pues, es que nada está definido, todo puede pasar en esta semana, más si la guerra sucia que ya se ve venir alcanza sus propósitos siniestros. Por lo pronto, lo único que tengo seguro es mi voto para el Concejo de Bogotá por mi compañero del Externado, Carlos Vicente De Roux, competente y decente, por quien vengo votando hace varios años.

Adenda. Si el Gobierno asegura que no está de acuerdo en prorrogar de ocho a 12 años los períodos de los actuales magistrados de altas Cortes, ni de 65 a 70 años su edad de retiro forzoso ¿entonces por qué ellos mismos no solicitan que se excluya esa propuesta del proyecto de reforma a la justicia?

[email protected]

Buscar columnista

Últimas Columnas de Ramiro Bejarano Guzmán

Restos de campaña

Advertidos para lo peor

¡Ah, los políticos!

La cárcel de las encuestas

El ducado