Por: Fernando Araújo Vélez
El caminante

En tránsito

Hoy quiero recuperar mi vieja lentitud, regresar a las hamacas colgadas de un palo de mango, al dormir a media tarde, y al levantarme a las seis para romper en mil pedazos los papelitos con las metas por cumplir. Quiero eliminar de mi diccionario la palabra meta, y poner en su lugar un letrero que diga En tránsito, como el de los buses que no están en servicio. Quiero escribir una historia sin fin para levantarme todos los días con la ilusión de escribir un nuevo párrafo, y matar en él a quien quiera matar, y besar en él a quien quiera besar. Quiero oír una canción que no se acaba jamás, para no tener la tentación de tener que aprendérmela, y sobre todo, para estar atento a la siguiente estrofa.

Quiero ser consciente de que voy y vivo en tránsito, y de que estar es simplemente una palabra, que es decir, un acuerdo. En tránsito tomo y sigo, y digo, como Serrat, prefiero tomar a pedir. En tránsito me despojo de todos los equipajes y regreso, de algún modo, a los tiempos en que el teléfono y el computador, si había, eran para todos, porque casi todo era para todos. En tránsito cambio lo cuantitativo por lo cualitativo, y dejo en el camino ese reguero de números que nos ha hecho ser un número más. En tránsito me despercudo de las promesas de cielos y paraísos con las que tantos y tantos nos sometieron a su voluntad, y me santiguo por el infierno que voy dejando atrás.

En tránsito rezo por vos, como cantaba Spinetta, y rezo de paso por los iluminados y herederos que hicieron de las instrucciones y los manuales su reino y su poder. En tránsito, y muy despacio, voy arrojando por las faldas de una colina las tres condiciones con las que esos mismos y por su propio beneficio nos convencieron de que seríamos felices: cargos, dinero y eso que llaman amor. En tránsito descubro a cada paso una nueva piedra y una nueva idea, y entre tantos pasos reúno cientos de ideas que me llevan a una vieja frase de un muy viejo filósofo: Yo ya no aspiro a mi felicidad, aspiro a mi obra. En tránsito juego a no llegar, porque llegar, de alguna manera, es matar y morir.

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