Por: Aura Lucía Mera

¡Enamorada!

Me despido de Manizales enamorada de esos atardeceres que tiñen el horizonte de un rojo salvaje que incendia el cielo, mientras la noche se asoma tímida y da paso a una luna que se va apoderando del espacio iluminando y jugando a claroscuros con nubes traviesas y coquetas. Enamorada de esa ciudad de callejuelas empinadas, escaleras infinitas que se conectan entre sí, hondonadas y lomas. Ciudad aguerrida, con una historia única, construida desafiando todas las leyes de la gravedad, enmarcada por un entorno de cafetales, frutales, palmas y quebradas cristalinas que bajan desde el nevado...

Manizales, que vibra cada año con su feria taurina. La más antigua en Colombia. Su primer festejo se realizó en 1897. Ya en 1944 construyó en 15 días la famosa Plaza del Soldado para ganarle a Pereira en la presentación de la famosa Conchita Cintrón, rejoneadora de leyenda. Ya en 1945 un grupo de aficionados de solera conformaron la Sociedad Plaza de Toros de Manizales, hasta que el 23 de diciembre de 1951 la firma constructora Robledo y Borrero entregó la plaza, obra maestra que se interna en la tierra protegiéndose de vientos y sismos, y se realizó la primera corrida, con un aforo de 7.000 espectadores, donde triunfaron Ordóñez, Félix Rodríguez Antón, Pedrés y Joselillo de Colombia, entre otros.

En 1954 fue inaugurada la gran Feria de Manizales, de sabor andaluz, con carrozas de caballos, reinas, actividades culturales y mercados artesanales, siendo el centro de gravedad las corridas de toros. Toda la ciudad gira en torno a ellas, cumpliendo este año su temporada número 64.

Su gerente, Juan Carlos Gómez; la Comisión Taurina, en cabeza de su presidente, Luis Bernardo Gómez Upegui; el ganadero Miguel Gutiérrez Botero; sus asesores; médicos veterinarios, inspectores y capellanes han logrado que Manizales sea el bastión taurino de esta fiesta milenaria sin que politiqueros populistas y los mal llamados animalistas la censuren. Como afirma su gerente: “Nada más animalista que la sobrevivencia de una raza única como la del toro de lidia que, sin las corridas, desaparecería de la Tierra”.

Llego a Cali enamorada de la ciudad, de su gente, de sus atardeceres y de esa temporada que me permitió, una vez más, deleitarme con el arte de Ponce, la suavidad de Castella, el valor y la pasión de Luis Bolívar, la cadencia mágica de Pablo Aguado y el misterio embrujado de Arcila. Bajo cielos azules, lunas brillantes, música, claveles, respeto y conocimiento de lo que significa este ritual sagrado de la vida y la muerte, la bravura y el arte, las luces y el terciopelo de lidiadores y alguacilillos. La veneración a la Macarena en su procesión nocturna, acompañada del Ave María y miles de faroles.

La magia de la tauromaquia, donde no existen guiones ni trampas, que sigue vigente en un mundo robotizado, virtual, deshumanizado. Un universo exclusivo que se niega a dejarse arrasar: la fiesta brava.

Posdata I. Emocionante el homenaje a Alfredo Molano, ese ser irrepetible que se caminó Colombia, escuchándola, y se enamoró también del toro de lidia y de la fiesta brava.

Posdata II. Se reciben por chicuelinas y verónicas toda suerte de insultos. ¡Olé!

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2020-01-14T00:00:00-05:00

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