Por: Diana Castro Benetti

Encarnación

Los itinerarios hacia lo interior requieren sus mapas como cualquier recorrido en tierra. Algo de estrategia, mucho de técnica y rutinas como el pan diario, abren las puertas de esos mundos que contenemos.

Ninguno de los itinerarios íntimos y esotéricos puede tener fin ni arribar a puertos seguros; sufren de los mismos descalabros del poder, de la inocencia o del delirio de las sociedades. Cualquier navegante de sí mismo requiere de tantas rosas como de vientos a favor, porque cada atajo se arropa en las herejías de otros siglos y en las hogueras de las actuales y hasta se confunden con algunas verdades absolutas cuando se aventuran oraciones desde los lugares sagrados.

Por eso, cada técnica se vive a la medida de quien la usa y decide su propia ruta. Sin finales ni perentorios, de las técnicas puede decirse que las hay suaves y sencillas como las respiraciones que recorren los dedos de los pies, la cadera y luego se pierden en los nudos de las espaldas para alojarse en la médula y la pituitaria. Las hay más complicadas que ubican los centros eléctricos del cuerpo y avivan corrientes y mareas que se van saliendo del control de los afectos, de las causas comunes y de las leyes de la gravedad. Otras, aún más sofisticadas, hacen de los bailes y malabares corporales sus triunfos sobre la dispersión y convierten la ubicuidad en un juego de niños o las lenguas mágicas en trucos de ábrete sésamo.

Rondar el camino propio hacia el interior oscila entre momentos de introspección y aquellos en que se arraiga la vocación profunda por el deambular en un mundo vestido de ideales y guerras. Por eso, el equilibrio entre un ir hacia adentro y un ir hacia afuera es parte de cualquier hechicera de amores y de aprendiz de sí. ¿Cuál sería el sentido de estar paseándose por los jardines interiores donde los lotos y las ciudades de joyas brillan sin llegar a compartir lo más inocente de la alegría en ese mundo que se nos ofrece cada mañana con sus dolores?

Dentro de sí, con técnicas de aquí y allá, se perciben los mundos infinitamente pequeños y fuera de sí, se vive en el mundo con pequeñeces infinitamente importantes. Talvez no es lo uno o lo otro sino lo uno y lo otro para disfrutar la propia encarnación y darse el lujo de abrir y cerrar los ojos, de ver y no ver, de creer y no creer, de amar y seguir amando, de dar y recibir, de soñar y construir, de compartir y cocinar, de escuchar y decir. Carne, cuerpo y conciencia, son la evidencia del infinito más allá   de  cualquier  fe.

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