Por: Fernando Araújo Vélez
El Caminante

Encontrar un humano

Hoy pregunto, como ayer y como antes de ayer, y empiezo a imaginar cuántos dolores, cuántas lágrimas y reclamos, cuánto locura, cuántos adioses, cuántas resignaciones y remedos de vida, cuántas noches en vela pensando que es el final, y cuántas otras creyendo que todavía no lo es, y cuánta energía desperdiciada y cuántas culpas, y mentiras, y rostros de yo no fui, y medias palabras y medios besos, y hastío, y tardes grises e ilusiones masacradas, e incluso golpes a veces y despertares anhelantes de un día feliz, y cuántos deseos prohibidos y cuántos deseos reprimidos se requieren para construir un amor, y con ese amor cumplir con los designios que nos han impuesto. Cuántos de esos amores son necesarios para lograr lo que hemos llamado Amor, y para que  los mercaderes de siempre lo hayan vuelto el mejor de sus negocios.

Hoy pregunto, como antes, como siempre, y elaboro una especie de lista para saber y reseñar cuántas puñaladas por la espalda, cuántos codazos y empujones, cuántos engaños, cuántas justificaciones, adulaciones y máscaras, cuántos metros y kilómetros de falsa comodidad y de estéril hacer y de desperdiciar y de no leer y de no pensar y de buscar una paz interna que sólo nos idiotiza, y de ignorar la vida y de intrigar y difamar, e incluso de amenazar, y cuántos odios se acumulan, y cuánto veneno se vierte y cuánto servilismo y cuántos regalos y venias y cobardía son necesarios para lograr un cargo y un centímetro de poder, y cuántos cargos y cuánto poder logrados así se requieren para tener una estabilidad que bien podría llamarse idiotabilidad.

Hoy cuestiono, de nuevo y una vez más, y dudo y busco y concluyo y vuelvo a descubrir, y me encuentro con un muy viejo poema firmado por un tal Almeida Garret: “Y yo pregunto a los economistas políticos, a los moralistas, si han calculado el número de individuos que es necesario condenar a la miseria, al trabajo desproporcionado, a la desmoralización, a la infamia, a la ignorancia crapulosa, a la desgracia invencible, a la penuria absoluta, para producir un rico”. Lo leo, lo degusto, quiero aprendérmelo de memoria, pero me quedo en el intento, porque me abruma pensar en cuántos poemas de estos se necesitarán para encontrar un humano.

 

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