Por: Alvaro Forero Tascón

La encrucijada

PARA RECUPERAR LA FAVORABILIdad de las encuestas en el nuevo escenario de búsqueda de la paz, ¿el presidente Santos puede mantener el curso que traía —acaparando el espectro político desde la centro-derecha hasta la centro-izquierda— o debe virar hacia la izquierda para enfrentar al uribismo que está copando el espacio a la derecha del centro? Porque con la oposición desplazándolo desde el extremo derecho, insistir en abarcarlo todo puede ser inútil políticamente, y arriesgado, porque continuar políticas de centro-derecha podría desmotivar a los sectores progresistas, y quedarse sin el apoyo firme de unos y otros.

El escenario político de Barack Obama era similar a un año de la elección presidencial. Con la radical reforma al sistema de salud había alienado a los conservadores, que en lugar de amilanarse habían atacado con fuerza para bloquearlo, lo que le significó una paliza en las elecciones de mitaca; para apaciguarlos, Obama había renunciado parcialmente a su agenda y con ello alienado a su base de izquierda.

Santos considera mezquina a la oposición de derecha porque él ha cumplido con mantener las políticas de seguridad, de inversión extranjera y de subsidios condicionados, que eran su compromiso de campaña. Y considera injustas las críticas de centro-izquierda, que no reconocen que enderezó buena parte de los excesos de Uribe, y que ha sido reformista, al punto de poner en riesgo su presidencia enfrentando el trauma de la paz.

Obama pensaba algo similar. Insistió mucho tiempo en que su camino del medio no era producto de la hipocresía sino de la moderación, necesaria para conjurar la grave crisis económica de su país. Hasta que se le vinieron encima las elecciones, y aceptando que la sociedad estadounidense estaba tan dividida que era ineficaz tratar de unirla, atizó el fuego para ganar con una mayoría progresista finalmente ensamblada.

Pero las circunstancias de Santos son mejores que las de Obama. A diferencia de éste, tiene control sobre las fuerzas parlamentarias de derecha, pues el grupo de Uribe incluso podría no fructificar si al final no encabeza la lista al Senado; y tiene un gran as bajo la manga: la posibilidad de terminar una guerra de 50 años.

Para Santos hoy es arriesgado jugársela toda por el proceso de La Habana, porque está diseñado para que, si fracasa, a diferencia del Caguán no tenga grandes costos. Pero eso no quiere decir que el presidente no pueda enfrentar las críticas al proceso de negociación, defendiéndolo con firmeza. Y la mejor defensa es la pedagogía sobre las ventajas de la paz, mostrando las grandes posibilidades que se abrirían para el país en lo económico y social, porque buena parte de la oposición al proceso está en que mucha gente considera que la paz con las Farc sería muy costosa.

Al apostarle a la paz, Santos perdió parte del control de su imagen pública, pero mantiene la iniciativa y el dominio sobre la agenda pública. Si se firma la paz, cambiará el tablero de ajedrez pero tendrá que mantener la ruta del centro para compensar y poder sacar adelante una agenda de centro-izquierda en lo agrario, judicial y político. Si fracasa la paz, también deberá seguir por el centro para compensar el endurecimiento del discurso y las nuevas acciones de seguridad.

 

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