Por: Álvaro Camacho Guizado

Encrucijadas del alma

EL SÁBADO PASADO, ANTES DE LAS elecciones, yo también tuve una encrucijada del alma. Después de muchas consultas y cavilaciones, no podía decidir por quién debería votar.

En especial para el Senado, pues tenía un dilema feroz, representado por la dificultad de votar por dos padres de la patria. Yo quería a Moreno de Caro y a Roy Barreras: su solidez ideológica, su lealtad partidista, la seriedad de sus planteamientos, la profundidad de sus perspectivas, todas estas virtudes me impedían decidirme, y eso me creaba una verdadera encrucijada, especialmente porque si ninguno de los dos llegaba al Senado se produciría una verdadera hecatombe.

Durante las semanas anteriores me había dedicado a oír con mucha atención los estribillos (llamados con pureza idiomática jingles) de las campañas, con la esperanza de que me convencieran de votar por el agraciado: con algunos recordaba a Mozart, con otros a Bach, y con otros a Beethoven. Otros, en cambio, me evocaban a Diomedes Díaz. Y otros más me invitaban a bailar, con sus sonsonetes rítmicos y pegachentos. Sin embargo, ninguno llegó a conmoverme de verdad.

Finalmente, luego de profundas cavilaciones, me fui el domingo a cumplir con el sagrado deber ciudadano, y para evitar los dilemas morales opté por votar para el Senado por Juan Carlos Flórez, un tipo de primera pero con una votación de quinta. Y para la Cámara voté por Iván Cepeda, quien merece el respaldo de todos los colombianos que seriamente creemos que su lucha por los Derechos Humanos y contra la barbarie debe apoyarse. Y en la consulta de los Verdes lo hice por Antanas, quien alguna vez fue mi jefe, y quien, si llega a ganar en la elección presidencial, deberá llevar al Palacio de Nariño un repertorio ético que sin duda marcará una gran diferencia con sus antecesores.

Antanas podrá ganar, pero con la condición de que no le permitan organizar la campaña usando la misma simbología que se inventó en la elección pasada: el gorro de colorines, la exigencia de que sus inmediatos colaboradores se pusieran una barba postiza, y la práctica de acostarse en las calles. Basta que haga énfasis en su teoría de las relaciones entre moral, ley y costumbres, pero que no crea que en la carrera presidencial se puede arriesgar a que lo consideren loco, y que en lugar de gorros multicolores y multiformes le pongan una camisa de fuerza.

Como no podía votar en las dos consultas (absurdo: no veo la razón para que se prohiba expresar preferencias en ambas), sólo me quedaba desear de corazón que Arias fuera derrotado por Noemí. No porque ella sea mucho mejor que él, sino porque al menos tiene una larga experiencia y, sobre todo, presencia internacional. No podía dejar de imaginarme al Bonsái vestido con un traje de etiqueta como el que lució Uribe en alguna ocasión frente al Rey de España: Uribito sería confundido con un paje, y lo harían sentarse al lado de los demás niños hijos de los presidentes. Nadie podría imaginarse que el pajecito trató de regalar Carimagua a sus amigotes terratenientes, a quienes sí les obsequió los fondos del Agro Ingreso Seguro. El Rey se preguntaría cómo hizo semejante niño para hacer tantos males a tan corta edad. Y si siendo tan jovencito los hizo, cómo será si algún día llega a ser presidente.

 

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