Por: Juan Pablo Ruiz Soto

Energía nuclear y vida

LO QUE VIENE OCURRIENDO EN JApón pone en evidencia que no existe seguridad total en las plantas nucleares.

 

La crisis actual no se originó en un país emergente, ni es consecuencia de la falta de aplicación de altas tecnologías, ni de ahorros en infraestructura o por corrupción política. No: la crisis se originó en una nación pionera en el tema atómico, que incluso exporta tecnología y conocimientos a otros países y que posee las más desarrolladas medidas de prevención y mitigación de desastres en el mundo. Por tal motivo, nos enfrentamos a una crisis que pone en entredicho, a nivel global, la pertinencia de esta energía alternativa. Es el momento de evaluar si las plantas nucleares deben seguir funcionando.

En Alemania, donde la cuarta parte de la energía utilizada viene de plantas atómicas, se ha decidido suspender durante los próximos tres meses la generación de energía en todas las plantas que fueron construidas antes de 1980 y se está revisando la política energética. La determinación inicial tiene un costo de mil millones de euros. Aún no sabemos si se permitirá que las plantas viejas vuelvan a funcionar o si las suspenderán de manera definitiva. Alemania había decidido reemplazar, para 2021, sus centrales nucleares por otras fuentes de energía, principalmente de carácter renovable, pero hace poco amplió por 12 años el plazo de funcionamiento de todas sus plantas. Con lo ocurrido en Japón se está replanteando la medida. No obstante, los costos del plan alemán de disminuir sus emisiones de gases efecto invernadero en 36% para 2020 (en relación con las emisiones de 1990) serían muy altos si se suspende la generación de energía nuclear. El dilema es claro, pues aumentar la seguridad y suspender la generación de energía atómica tiene un costo económico que a los alemanes les va a significar consumir menos bienes y servicios de todo tipo.

Sería una sabia apuesta si decidieran suspender sus plantas nucleares. Ojalá un país como Estados Unidos (donde cerca del 25% de la energía que utiliza es de origen nuclear) se resolviera a seguirlos, y más teniendo en cuenta que dispone de sol y viento en cantidades suficientes para impulsar fuentes de energía renovable y sacar del mercado las plantas nucleares. Sin duda los alemanes son mucho más serios que los norteamericanos, pues estos últimos prefieren a toda costa mantener sus niveles de consumo.

En el corto plazo, la determinación de Alemania favorece a Colombia, exportadora de buena parte del carbón destinado a las plantas térmicas de este país europeo. No obstante, si en Colombia queremos ser consecuentes con la disminución de los riesgos atómicos y con los problemas causados por el calentamiento global, deberíamos invertir parte de los recursos provenientes de las exportaciones de carbón en la instalación de fuentes de energía renovable como las de viento y sol. En el campo tenemos un gran potencial, pero por el momento nuestra política energética no favorece estas alternativas. Ahora que el presidente Santos visita Alemania, debería proponer un intercambio de carbón por tecnologías limpias, en las cuales los alemanes son líderes y tienen mucho que enseñarnos.

 

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