Por: Luis E. Giusti L.

Energía verde: ¿realidad o utopía?

Apostarle a la energía verde puede ser atractivo, aunque predominaría lo tradicional.

La promesa de construir una sociedad basada en energía “verde” es seductora. Después de todo, ¿quién no se sentiría cautivado ante la idea de que todos podamos tener puestos de trabajo que mejoren el ambiente en lugar de deteriorarlo? El planteamiento de cambiarnos al consumo de “energía verde”, que generaría muchos “empleos verdes”, constituye una invitación tentadora, en especial en una economía abatida.

La propuesta de muchos grupos ambientalistas postula que se reduciría el alto desempleo experimentado en años recientes, utilizaríamos electricidad limpia proveniente de turbinas de viento y paneles solares, y los hogares, las oficinas y los edificios públicos se mantendrían frescos en el verano y cálidos en el invierno sin el desagrado de altos pagos por consumo energético. Además,  se cultivarían alimentos saludables y deliciosos libres de toxinas en la vecindad, sin tener complicaciones de suministro.

Los proponentes afirman que estos beneficios están al alcance de la mano, se pueden materializar con facilidad y lo único que se requiere es tomar prestados unos cientos de miles de millones de dólares del futuro de nuestros hijos y de las futuras generaciones para subsidiar con sabiduría durante décadas los desarrollos “verdes”.

Tales apuestas pueden sonar interesantes y tal vez la idea pueda parecerle buena a mucha gente, como también pareció buena idea la de los “sofisticados” préstamos hipotecarios empaquetados en títulos valores que condujeron al colapso del mercado subprime, causante de la inmensa crisis global. Si en efecto hay corporaciones y personas interesadas en invertir dinero en  energías alternativas y en negociar subsidios a tales efectos, o invertir en aislamiento para hogares y otras cosas de ese tipo, merecen respeto.           

El consumo de energía afecta todo lo que hacemos.  No con poca razón el economista Robert Bradley Jr. calificó la energía como “el recurso dominante” por su función crítica para la humanidad.

Las fuentes tradicionales de energía: petróleo, carbón, gas natural y energía nuclear abastecen 93% del consumo global, el cual monta a 215 millones de barriles equivalentes de petróleo por día. Del 7% remanente, un 6,4% proviene de fuentes renovables (incluyendo hídricas) y 0,6%, de biocombustibles. Estas cifras ponen en aplastante evidencia el predominio y la importancia de las fuentes convencionales de energía. Conviene señalar que todos los pronósticos coinciden  en que esas proporciones cambiarán muy poco desde hoy hasta 2030.

En conclusión, existen problemas ambientales reales que ameritan estudio y soluciones, pero eso debería ocurrir con base en progreso técnico y económico, y no por mandatos políticos e intereses especiales.

 Los mayores costos de la energía eólica y la energía solar se deben a tres cosas. En primer lugar, su utilización es dramáticamente inferior que la de las fuentes convencionales (20-35%, comparada con 85-90%). Las plantas solares no trabajan de noche y las granjas de viento no generan energía cuando no sopla viento. Por depender del estado del tiempo, ambas son menos predecibles y por lo tanto necesitan plantas convencionales de respaldo.

En segundo lugar, las plantas solares y eólicas tienen altos costos de mantenimiento, y, por último, las mejores ubicaciones para ambos tipos de plantas se encuentran alejadas de las redes de distribución. De allí la necesidad de los grandes subsidios concedidos por muchos gobiernos.

En lo tocante al sector de transporte, existe una inmensa dependencia de la gasolina y el diesel. El etanol y el biodiesel, ambos combustibles inferiores en muchos aspectos, ocupan una fracción sumamente pequeña del mercado de transporte, a pesar de cuantiosos subsidios. Un ejemplo contundente es el de la gasolina en Estados Unidos, el mayor mercado del mundo, donde el sistema de suministro y ventas cuenta con 160.000 millas de tuberías,  380.000 tanques de almacenamiento y 120.000 estaciones de expendio. Prácticamente nada de esa infraestructura puede ser usada para etanol y biodiesel.

Frente a la pregunta de cuán verde podrá ser el mundo, la realidad es que los cambios en la plantilla energética sólo podrán venir gradualmente, que por muchas décadas la electricidad seguirá siendo mayormente generada por una combinación de carbón, gas natural y nuclear, y que por muchas décadas más la energía para el sector transporte provendrá del petróleo.

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