Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez

Enfermedades glamurosas

Hubo una época en la cual la conversación tenía un límite infranqueable: la enfermedad. “Ante el enfermo, solo lamentar; nunca preguntar qué lo afecta”, advertían los viejos.

No sería justo ni preciso echarle la culpa al Manual de urbanidad y buenas maneras, de Manuel Carreño: “Es una vulgaridad hablar en sociedad detenidamente de nuestras enfermedades (…) La persona que entrase en una tertulia a hacer la historia de una enfermedad se haría imponderablemente fastidiosa (...)”.

Algunos padecimientos gozan de prestigio social, son glamurosos. Bastaría repasar la novela del siglo XIX. (Al saludo del vecino, respondés tranquilo: “Me mata la migraña”; no sería igual si se tratara de una enfermedad venérea).

Aunque las redes sociales replantean la visión sobre la enfermedad, en su intento por eliminar prejuicios los enfatizan: ¿alguien ha visto la imagen de un paciente en un hospital mental o con lepra, orgulloso en una sesión de tratamiento?

¡Tilín, tolón! Suenan las campanas de los males innombrables...

¿En qué va el glamur de una enfermedad? ¿En la forma de contraerla, combatirla, “lucirla”, llevarla con dignidad, de enunciarla?

(¿Qué tal los médicos que exhiben, sin motivación científica, fotos de pacientes: partos, moribundos conectados a aparatos? ¿Contarán con autorización?).

El caso emblemático de las enfermedades glamurosas es el cáncer de mama. Actos de valentía de famosas como Olivia Newton-John y Linda McCartney, quienes dijeron públicamente que padecían ese cáncer, han contribuido a transformar la mirada colectiva.

Hoy, circulan grupos en redes que nos permiten ser testigos de una especie de catarsis colectiva, en la cual no solo se desvela la enfermedad, sino que se expone con orgullo.

“Hay otra posibilidad de liberar la afección: la palabra, empleada en el mundo primitivo, la que opera en el ámbito mítico”, escribe Judith Nieto, Ph.D. en Ciencias Humanas, en su ensayo “Todo enfermo es un hombre”. Nieto busca en las raíces de la curación por el espíritu (sí, como la obra de Stefan Zweig), por medio de lo inmaterial, de la sugestión, de la creencia o del inconsciente. El paciente deja de ser el objeto pasivo de la medicina ilustrada para convertirse en sujeto activo de su propia curación.

Hablar de la enfermedad es sanador, pero no está exento de peligro. En el caso del cáncer de mama, el excesivo énfasis en el discurso sobre el autoexamen hace perder la perspectiva sobre la relevancia del concepto profesional. El autoexamen ha permitido salvar vidas, pero no es suficiente: el tacto sin entrenamiento científico es mera intuición (es solo una fase de un proceso mayor).

A pesar de los riesgos que supone, de todas las formas de la pseudociencia, la única que me niego a rechazar del todo es la palabra. Esa que acicala, que da glamur a las enfermedades. La de la madre mientras aplica un emplasto en la frente de su hijo. La de los cantos del chamán que invoca espíritus ancestrales. La del médico que intenta consolar a sabiendas de que nada salvará al paciente. Y las que me llevaron hasta este punto final: un gran alivio.

 

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