Por: Héctor Abad Faciolince

Enfermos, médicos y hospitales

La atención médica puede ser vista como una limosna (me atienden por caridad), un derecho (hay una ley que me ampara) o un privilegio (como soy rico, recibo los mejores tratamientos).

Creo que ni siquiera a los mendigos les gusta la caridad, y supongo que los ricos menos insensibles quisieran ver que sus privilegios se extendieran a todos. Ver la salud como un derecho de los ciudadanos es ya un avance frente al concepto de la salud por caridad o de la salud sólo para los privilegiados. La Ley 100, con todos sus defectos, tuvo al menos un efecto bueno para los más pobres: les hizo ver que tenían el derecho a ser atendidos por el solo hecho de ser ciudadanos y no como un acto de caridad.

El problema es que esta atención, en general, no la brindan las clínicas privadas, sino los hospitales públicos, muchas veces sin recursos. Hace poco me tocó el caso de un amigo adinerado cuyos hijos se accidentaron gravemente en un carro y no fueron atendidos en una clínica privada de monjitas (no propiamente de la caridad), porque llegaron en una ambulancia sin tener en el bolsillo su seguro privado de salud. Uno de los niños murió. Cuando el sistema es injusto, a todos nos llega a afectar, incluso a los privilegiados.

El caso es que, por buenas que sean las intenciones cuando se monta un sistema de salud, hay que tener en cuenta el país en el que estamos. Hay un problema de recursos y de personas, es decir, de PIB y de calidad humana de quienes están al frente de las instituciones. En el problema de recursos no somos los más ricos. Si un país desarrollado dedica aproximadamente el 10% del PIB a la salud y esto significa unos 4.000 dólares anuales per cápita, aquí dedicamos el 6,5% del PIB a la salud y esto significa unos 570 dólares anuales por persona. Si gastáramos tanto como un país del primer mundo, se iría en salud el 40% del presupuesto, lo cual es impensable.

Pero podríamos al menos intentar que nuestro sistema de salud llegara a los niveles de atención de países similares al nuestro. Hace poco la fundación Fescol produjo un documento comparativo sobre el problema de la salud. En él se ve que, en general, estamos más mal que Chile, México o Costa Rica, países parecidos a Colombia en muchos sentidos. El gasto público en salud, si queremos mejorar, tiene que acercarse al 10% del PIB —como en estos países— y a unos mil dólares anuales de gasto por ciudadano. Poco a poco el gasto en salud tiene que subir, si queremos salir del atraso.

Pero no sólo el gasto, sino también el control. Sabemos que hay EPS que no cumplen con su función y se han dedicado simplemente al lucro. Son famosos los casos de paramilitares adueñados del dinero de la salud a través de ARS. También hay médicos, hospitales y hasta pacientes corruptos (falsas incapacidades, tráfico de medicinas caras). Entonces también hay que hacer más eficientes las medidas de control.

En salud, como en casi todos los otros problemas colombianos (educación, seguridad, justicia) hay un problema de instituciones, pero sobre todo un problema de personas. Aquí somos muy dados a tratar de eliminar la institución cuando quienes la manejan se portan mal. Si los senadores y representantes son malos, no se busca crear movimientos o partidos para que se elijan otros mejores a través del voto, sino que se grita al escándalo: ¡hay que revocar a todos los congresistas y cerrar el Congreso! Es como si se propusiera, por el hecho de que hay muchos profesores malos, y muchos estudiantes vagos, que se cerraran las escuelas y las universidades.

Por suerte o por desgracia, los hospitales no se pueden cerrar. La ministra de Salud, una persona muy competente, acaba de anunciar medidas de corrección a la Ley 100 y de soporte urgente a los hospitales al borde de la quiebra. El Gobierno propone hacer una reforma a fondo de la Ley 100, con el aporte de todos los expertos. Esta reforma, en beneficio de los enfermos, de los médicos y de los hospitales, es urgente.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Héctor Abad Faciolince

El mundial de Tailandia

Del tamaño de Dinamarca

Matar un pajarito

El mar o las montañas

Lo grotesco contra lo falso