Por: Klaus Ziegler

Engaños, fraudes y seudociencia

La ciencia, como toda actividad humana, no es ajena al fraude y al engaño. La historia de hallazgos asombrosos y fenómenos inexistentes es larga y llena de incidentes curiosos.

El anhelo de haber realizado un descubrimiento de primer orden, o figurar entre los genios inmortales, ha llevado con frecuencia a muchos científicos y seudocientíficos a defender con fanatismo doctrinas y teorías extraordinarias sin el más mínimo asiento en la realidad.

Uno de los engaños más singulares en los anales de la ciencia tal vez sea el avistamiento de canales artificiales en el planeta Marte, realizado por el astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli en 1877. Constatar por primera vez en la historia la existencia de una civilización alienígena capaz de llevar a cabo obras de tal envergadura no es algo que ocurra a diario. Entusiasmados con el fantástico hallazgo, otros astrónomos comenzaron a ver con los ojos del deseo lo que querían ver: la existencia de una red de canales que se extendía sobre la superficie del planeta rojo  fue confirmada en 1886 por dos franceses, y corroborada luego por Percival Lowell, el más célebre astrónomo de su época, un excéntrico científico amateur que dedicó su vida a defender la existencia de los enigmáticos canales y a quien se debe el primer mapa completo de la prodigiosa obra de ingeniería marciana, así como la iconografía popular de los extraterrestres.

Pero como los escépticos también tenían telescopios, y no veían canales por ninguna parte, pronto empezaron a quejarse en voz alta. Con el tiempo Lowell se fue quedando solo en su alucinación, y su prestigio científico se fue hundiendo poco a poco hasta que finalmente su colosal ego tuvo que rendirse ante la evidencia. De la controversia surgió el consenso que acabó para siempre con los canales, y de paso con los marcianos, aunque no con los extraterrestres, pero sí los alejó bastante.

¿Qué hizo que varios grandes astrónomos vieran lo que no existía? Es muy posible que esta ilusión colectiva corresponda a aquello que el premio Nobel de química Irving Langmuir denominó wishful science, para referirse al autoengaño que suele presentarse cuando se está empecinado en sostener una idea con el deseo y no con la razón. Los ejemplos abundan: en la década de 1920, Alexander Gurwitch descubrió un nuevo tipo de radiación, los rayos mitogenéticos --que solo existían en la mente de su creador--, emitidos por las células en proceso de división y también por la sangre de niños sanos. En 1962 el químico soviético Boris Derjaguin anunció que el agua recogida en capilares de cuarzo –otra vez la inagotable magia del cuarzo– adquiría una serie de propiedades misteriosas. Después de diez años de investigaciones, y varios millones de dólares malgastados por el gobierno de Estados Unidos para estudiar agua ordinaria, la increíble Poliagua soviética jamás volvió a mencionarse, como nadie menciona hoy las maravillosas vacunas del doctor Patarroyo.

Después del sensacional descubrimiento de los rayos X por Wilhelm Röntgen, los franceses no podían quedarse atrás, y movido por el orgullo nacional herido, el físico francés René Blondlot anunció al mundo en 1903 la existencia de un nuevo tipo de radiación: los Rayos N, en honor de la ciudad de su residencia, Nancy. El fervor patriótico que despertó este descubrimiento no se hizo esperar, y no tardaron en aparecer numerosos artículos de sus colegas franceses que confirmaban la existencia de la nueva radiación. Agustin Charpentier, profesor de biofísica de la Universidad de Nancy, halló que el cuerpo humano desprendía rayos N, y comprobó que los anestésicos reducían la intensidad de las emisiones. Las consecuencias biológicas parecían inagotables y de una trascendencia que hacía palidecer el descubrimiento de Röntgen.

La ciencia es una de las pocas actividades humanas en que los engaños son efímeros y los argumentos de autoridad pierden con rapidez todo su peso. Por ello no hay Newtonianos, o Einstenianos, como sí hay Lacanianos o Marxistas. Las seudociencias suelen resistir el paso de los siglos, y a diferencia de las teorías científicas falsas, rara vez desaparecen, y por lo general terminan convertidas en un culto protegido por pequeñas logias que repiten como dogmas de fe las enseñanzas del maestro. Y cuando finalmente se extinguen, no lo hacen porque sean falsas, o porque carezcan de soporte empírico, sino por pura y simple esterilidad, como ha ocurrido con tantos “ismos” de la filosofía y las ciencias sociales.

Un perfecto ejemplo tal vez sean los sicoanalistas. Hoy se sabe que muchas de las experiencias clínicas y de los fragmentos autoanalíticos de Freud son en su mayoría ficciones literarias fabricadas por el médico vienés, como lo ha documentado ampliamente el gran historiador de la psiquiatría Henri Ellenberger. Y como ha señalado el epistemólogo Frank Cioffi, a pesar de que las principales tesis de Freud han sido invalidadas, sus discípulos continúan embelecados con las fantasías de su maestro, de la misma manera que lo han hecho durante siglos los homeópatas, o los devotos de la doctrina de las signaturas y las terapias florales del doctor Bach.

 

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