Por: Nicolás Rodríguez

Enroque caudillista

Hay muletillas cansadas, tipo “el flagelo de la droga”, que ya no van. No aportan nada. En vez de sumar, quitan. La idea del “frondoso prontuario” es tan perezosa y reiterativa como el clásico “se dio a la fuga”. Fuera de categoría está el todavía presente “victímas fallecidas”. Y un clásico del periodismo político es la imagen del “enroque” para todo cambio de gabinete.

El último sacudón a medias del presidente Santos no fue la excepción. Varios son los nombres de los funcionarios cercanos que en efecto suelen ser rotados (los del llavero, ya les dicen), pero a diferencia de muchas otras expresiones que aburren por lo obvias y gastadas, la del enroque también confunde. Si no es que esconde. A Vargas Lleras le mantuvieron su poderío. Con o sin ñoños. Decirle enroque a la apuesta burocrática del presidente por el candidato de Cambio Radical es hacerle un mal favor a la opinión pública interesada en lo que viene para Colombia.

Se dirá que la meta era asegurar en el Congreso la implementación de los acuerdos de paz. Y nada más loable. Santos ha dado muestras de un compromiso serio, a prueba de cínicos e indecisos. Para echar mano de otro lugar común: se gastó su capital político en sacar adelante los acuerdos de La Habana. Con o sin Nobel.

Sin embargo, nada tan lejano del proyecto político del posconflicto como otra voz macheril y autoritaria. Es enorme la contradicción. Paz con más guerra. En vez de asegurar la reconciliación se le habrá ganado a Uribe. La obsesión con lo segundo, que bien merece un aplauso cerrado, no garantiza lo primero si de por medio va un candidato tan grisáceo como Vargas Lleras. Sin el fantasma miedoso de “el que diga Uribe” en el palacio presidencial y con Vargas Lleras a bordo, desatado, impredecible, vuelve la derecha que nunca se terminó de ir.

Si hubo enroque fue virtual y a futuro, de caudillo antioqueño a bogotano.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Nicolás Rodríguez