Por: Alfredo Molano Bravo

Ensayo

Hoy viernes, día en que escribo la columna, el Concejo de Bogotá ha citado a las 9 de la mañana a una reunión donde se tratará el tema de la consulta popular solicitada por el alcalde mayor, Gustavo Francisco Petro, sobre las corridas de toros y las novilladas en Bogotá.

Puntualizaré, como contenido de mi columna dominical, lo que diré hoy en el evento.

Primero. La consulta popular, como mecanismo democrático, se vicia si se usa para aplastar a una minoría. Se sentaría un peligroso precedente si se atropella una tradición cultural, reconocida como tal por la historia, la literatura, la pintura, la música, por las costumbres populares y, sobre todo, por la Corte Constitucional. Sería abrir un boquete para que el día de mañana se ataque a otras minorías: homosexuales, lesbianas, travestis, prostitutas. Por esa vía, pasito a pasito, llegó Hitler a matar a los judíos y a los gitanos. Y por fin, a los comunistas. No creo que Petro, que ha sido minoría, esté armando una estrategia racista, pero la medida que propone puede crear jurisprudencia para que Pachito Santos, si llegara a ganar, monte una consulta para electrocutar perros callejeros o para disparar con pistolas eléctricas Táser M26 contra estudiantes. Quienes saben entender y sentir el toreo son una minoría que tiene derecho a la expresión libre de su personalidad, es decir, a sus gustos.

Segundo. El gusto por el toreo no es un goce morboso producido por el sufrimiento de un animal. El aficionado a los toros asiste a una corrida como un aficionado al ballet va a ver El Lago de los Cisnes. Es el movimiento del torero frente a un toro bravo lo que se admira. El movimiento armónico, ágil, preciso de Nureyev en el Gran Teatro de Piedra de San Petersburgo es muy similar al de José Tomás en la plaza Arenas de Nîmes. Es ese movimiento del cuerpo humano que transmite y expresa un sentimiento espiritual lo que se admira y se aplaude, más si se tiene en cuenta que el torero se juega la vida en cada movimiento que hace con sus piernas, sus manos, sus ojos. A nadie se puede obligar a que goce de un sentimiento ajeno, como a nadie se puede obligar a que no lo sienta.

Tercero. Los toreros –incluidos banderilleros y picadores– no buscan torturar una bestia. Por el contrario, buscan preparar al toro para una muerte limpia, rápida y noble. Cada una de las suertes está dirigida a evitar el máximo dolor al animal. Las reglas de la tauromaquia, que son muy rígidas, impiden que al toro se le haga cualquier cosa; que se le banderillee, pique o estoquee de cualquier manera. Hay cánones que la tradición ha ido puliendo que defienden al toro de la brutalidad. El público –el respetable, como se llama a los aficionados en la plaza– es juez en última instancia de esa jurisprudencia y la hace cumplir sin contemplaciones. Más aún, son veredictos democráticos: los olés y las rechiflas, las palmas y las broncas son las manifestaciones del jurado. Hay divisiones de opinión, pero todo aficionado puede manifestarlas sin miedo a ser agredido por el vecino. En las corridas de toros no hay muertos, ni barras bravas. Argumentar que los defensores de los toros son aristócratas desconoce que en la Santamaría, por ejemplo, los ciudadanos de Los Rosales se codean con los ciudadanos de la Perseverancia y no pocas veces beben de la misma bota.

Cuarto. Para los entendidos las corridas de toros no son un espectáculo. Son una ceremonia y, como tal, tienen una liturgia, que no es otra cosa que una metáfora. Una metáfora que habla de la vida y de la muerte y en ese sentido se celebra el triunfo de la primera sobre la segunda. El torero sale vivo de la arena y el toro, muerto. La vida no es otra cosa que ese juego y el toreo lo representa en vivo. No es una ficción. La muerte está presente en la plaza como está presente fuera de ella, en la calle, en la alcoba. Un cristiano no goza el viernes santo, vive el sentimiento de la trascendencia. Visto así, el toro es un cordero pascual.

Quinto. Gran parte de los animales domésticos son sacrificados con dolor para volverse comida. Millones de pollos, cerdos, vacas, peces son muertos para beneficio de los consumidores de carne roja o blanca. Pero son sacrificados en privado, dirían los defensores de esas empresas económicas, que es como decir que un asesinato en un baño no es un delito o que la muerte de un conejo se justifica porque da plata. Hay una enorme dosis de fariseísmo y de contradicción en la tesis. Hay otros animales a los que se les sacrifica su libertad, se les contradice su instinto, como las mascotas de apartamento, y que expresan un sentimiento muy respetable: el terrible miedo a la soledad.

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