Por: Rodolfo Arango

Enseriemos el debate

El país podría gozar de una experiencia común en democracias más estables, pero que entre nosotros aún es desconocida. Que la contienda electoral para renovar la dirección política del Estado se viviera no con dramatismo y angustia vital, como si se tratara de asunto de vida o muerte, sino que transcurriera en un ambiente pacífico, deliberativo y plural ofreciendo diversas propuestas de país a los electores. Esto exige madurez y seriedad de los candidatos y sus equipos, algo poco factible en un ámbito donde manipular las emociones del votante está a la orden del día.

En el escenario afloran cuatro opciones discernibles: la coalición independiente, el frente amplio por la paz, el vargasllerismo y la coalición uribista. Sólo dos de esas cuatro opciones pasarían a segunda vuelta. Ellas recorren todo el espectro ideológico, que va de la derecha del Centro Democrático a la izquierda del naciente partido de las ex Farc. En la centroderecha estaría Cambio Radical y en la centroizquierda los independientes. Estas gruesas divisiones, que pueden sufrir cambios inesperados, reflejan visiones del país que ofrecen múltiples y plurales posibilidades al electorado.

La coalición independiente y el frente amplio no la tienen fácil. Enfrentan una estrategia de orden, tradición y autoridad diseñada para evitar que Colombia cayera supuestamente en las garras del comunismo internacional. Las reformas agraria, política, de justicia y memoria histórica, que el centro y la izquierda avalan para democratizar el país y cambiar de época, tendrán que defenderse como compatibles con el respeto de los derechos y libertades y la expansión del bienestar económico a toda la población. Los sentimientos de miedo y envidia deberán ser neutralizados.

Robledo, Claudia López y Fajardo, firmada la paz y desarmadas las Farc, ven en la corrupción el desafío prioritario para el país. No habrá modernización ni desarrollo económico equitativo y sostenible sin la recuperación de la confianza ciudadana en la justicia, en el proceso político y en un modelo económico más equitativo, inclusivo y ambientalmente sostenible. El frente amplio enfatiza la centralidad del proceso de paz y su implementación, lo que es razonable, pero políticamente costoso ante la efectividad de la estrategia macartista de la derecha. Uribe ya crucificó a De la Calle como Farc. La muy factible derrota de un frente estigmatizado de ateo, sanguinario y totalitario, anticipada con los resultados del plebiscito, significaría un duro golpe, aunque no definitivo, a la democratización del país.

La coalición uribista sabe persistir en su mensaje de condena a los dirigentes de las Farc que quiere tras las rejas, en la defensa de valores tradicionales y la liberalización de la economía con más ventajas para el empresariado y la inversión extranjera. El expresidente Uribe critica a Vargas Lleras, con quien podría aliarse en segunda vuelta de no ser favorecida su coalición, por ser poco claro o blando en estos puntos. El exvicepresidente mantiene una postura ecléctica frente al proceso de paz. Así se desmarca del gobierno Santos y cabalga sobre su experiencia en el manejo de la contratación de obras públicas y la política regional.

Si la cordura y la visión histórica se impusieran, el naciente partido de las Farc debería reservar sus candidatos —salvo para Congreso donde se le asignarán diez curules— a las elecciones regionales de 2019 y, por ahora, dedicarse a reparar y resarcir a las víctimas, en lo que estarán ocupados sus altos mandos si funciona la justicia especial de paz. Además, pueden aprovechar el tiempo para consolidar un partido serio, responsable y democrático que contraste con los anárquicos partidos tradicionales.

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