Por: María Elvira Bonilla

Entre concejales e indígenas

El ministro del interior, Federico Renjifo, decidió quedarse en compañía del presidente Santos en un encuentro de concejales en Bucaramanga y dejar plantada a la plana mayor de los líderes de los cabildos de Toribío, Jambaló, Miranda, Tacueyó y Caldono, quienes llegaron, acompañados de los sabios de la tribu, a la mesa de diálogo en Toribío.

Los indígenas se levantaron de la mesa en señal de protesta por la delegación gubernamental de la viceministra Riveros, del Interior, y Bedoya, de Defensa. Esperaban una representación de primer nivel con capacidad de decisión. Y tuvieron razón.

La escogencia del ministro Renjifo es muy diciente. Expresa la valoración, casi reverencial, que los gobernantes le tienen a la clase política. Los concejales son al fin y al cabo el primer escalón de la pirámide del poder electoral, elegidos generalmente con un puñado de votos que poco representa los intereses de los ciudadanos en el nivel local. Pero son los concejos el semillero de la politiquería, las trampas y en muchos casos la corrupción, vicios que campean en la política colombiana. Empieza allí el recorrido hacia la Cámara y luego saltan al Senado, convirtiéndose en la base de esas estructuras electorales que ningún político desecha y que, por el contrario, alimenta con interés.

Otra es la realidad de abandono e indiferencia frente a los indígenas del Cauca. Una región que el ministro Renjifo conoce y ha trasegado en su infancia y juventud, pero a la que el gobierno de Santos, los parlamentarios del Cauca y del país no han atendido con seriedad. Grave error creer que la complejidad de esta disputa se resuelve con chequera, con delegados de segundo nivel o con las consabidas satanizaciones con las que con frecuencia se intenta banalizar unos problemas de fondo cuya solución ha sido aplazada por décadas. En el Cauca está en juego una disputa con connotaciones territoriales, políticas y culturales que comprometen una comunidad arraigada como ninguna otra a su geografía, a su historia.

El páramo de Berlín, epicentro del último enfrentamiento entre indígenas y militares, sintetiza la diferencia. Como ha explicado el líder nasa Feliciano Valencia, nieto de esclavos caucanos e hijo del fundador del cabildo de Canoas en Santander de Quilichao, para ellos el páramo es un lugar sagrado que están obligados a defender, mientras para la Fuerza Pública es un punto estratégico para controlar el flujo del narcotráfico y la guerrilla. Si esto no se entiende, y el ministro Renjifo no se rodea de académicos conocedores de la complejidad que circunda a estos pueblos ancestrales, encontrar caminos de solución será cada vez más difícil.

A los concejales de Colombia se les complace con discursos, abrazos, nombramientos de quinto nivel y migajas presupuestales; a los indígenas del Cauca con respeto y dignidad, “que no piensen que somos inferiores”, ha dicho Feliciano Valencia. La diferencias son demasiado grandes y ni Santos ni Renjifo parecen tener la sensibilidad para entenderlas y mientras consideren que el asunto es un simple tema de pie de fuerza y de lugares comunes que desconocen su realidad particular, la resistencia indígena cada vez será más fuerte, con el concerniente eco y respaldo internacional.

 

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