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hace 8 horas
Por: Arturo Guerrero

Entre el dogma y el encantamiento

Cincuenta millones es el número que nos cuenta. Lo alcanzamos en los albores del veinte veinte. Números redondos, el de habitantes y el de años de nuestra era. Esféricos, como la luna de las recientes noches que se amañó alumbrando desde un cero amarillo y estático.

Las cifras parecen gritar algo. Es difícil que tamaña cantidad de ceros a la derecha se enfilen simultáneamente en las distintas dimensiones del hombre, del tiempo y los astros. Así sucede cuando algún fantasma quiere pronunciar un enigma. En vista de que esta elocuencia no pertenece a las contabilidades celosas de la ciencia, conviene ingeniar probabilidades.

Este oficio peregrino pertenece a cada ciudadano, no existen instituciones ni potencias que regulen el fluido de los ensueños. Los datos son rotundos: cincuenta en veinte veinte y en plenilunio perdurable. Esta exactitud no es muda. Habla, como hablan los números puros.

Así le hablan, por ejemplo, a J. M. Coetzee en su más reciente novela, La muerte de Jesús: “Los números enteros merecen ser reverenciados porque son divinidades, entidades celestiales que existían antes de que naciera el mundo físico y seguirán existiendo después de que el mundo llegue a su fin”.

“Mezclar los números entre sí (adición, sustracción) o cortarlos en trozos (fracciones) o utilizarlos para medir cantidades de ladrillos o de harina (la medida) constituye una afrenta a su condición divina”.

¿Qué quieren decir estas consideraciones antimatemáticas, más cercanas a las atmósferas de la literatura fantástica? Ante todo, que el mensaje cifrado no es manipulable a gusto de nadie. Entrega sus datos de forma escueta y el que ha de entender que entienda.

Tampoco es utilitario, no sirve para nada. De él es imposible sacar provecho. No se presta para construir alegatos a favor o en contra de nadie, ni para ganar plata o fama o puestos burocráticos.

Así pues, la concatenación de millones cerrados, perentorias fechas circulares y geometría lunar perfilada tiene más bien apariencia de provocación. Se toma o se deja, de acuerdo con la capacidad inquisitiva de cada observador. Hay gente que pasa de largo, hay otra que se deslumbra ante este lenguaje críptico, semejante al de las entidades celestiales y divinas reverenciadas por los personajes de Coetzee.

El problema de hoy consiste en que, frente a los datos del DANE, del calendario gregoriano y del ojo pelado que mira la noche, no estamos en una novela, en una ficción, sino ante referencias de entidades estatales, contabilidades medievales y órganos de los sentidos incuestionables.

Cuando estas fuentes calificadas y autorizadas arrojan indicios tan terminantes, en una simultaneidad excepcional, esos indicios suben de categoría. Se vuelven alaridos. Aleteos de algún espíritu desesperado que intenta mandar señales de humo.

Habrá que consultar entonces a la combatida ministra de Ciencia y Tecnología, para que dirima esta pesada conjetura que está a medio camino entre el dogma y el encantamiento.

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2020-02-14T00:00:18-05:00

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